En una sesión del Municipio se dijo que “sabemos que un servicio de pasajeros en Carmelo es inviable”. La frase tiene peso político, pero también exige precisión.
Porque una cosa es expresar una impresión asentada en la experiencia local y otra, distinta, es dar por cerrada una discusión que, para ser seria, debería apoyarse en datos concretos.
La primera pregunta es básica: ¿inviable en qué sentido? Puede ser inviable desde el punto de vista económico, si la cantidad de pasajeros no alcanza para cubrir combustible, salarios, mantenimiento y renovación de unidades. Puede serlo desde el punto de vista operativo, si la demanda está demasiado dispersa y no justifica recorridos fijos ni frecuencias razonables. O puede ser inviable bajo un modelo tradicional, pero no necesariamente bajo formatos más acotados.
En una ciudad como Carmelo, además, intervienen otros factores. Las distancias cortas, el uso extendido de motos, bicicletas y vehículos particulares, y una trama urbana que en muchos casos permite resolver trayectos a pie reducen el atractivo de un ómnibus convencional. Pero esa misma realidad no elimina otra pregunta: si hay sectores que sí necesitan transporte, ¿cuántos son, dónde viven y hacia qué puntos se desplazan?
Ahí aparece el núcleo del debate. Para sostener que un sistema sería inviable habría que estudiar cantidad potencial de usuarios, horarios de mayor movimiento, concentración de servicios públicos, centros educativos, policlínicas y barrios más alejados. También habría que calcular cuánto costaría un servicio mínimo y qué nivel de subsidio requeriría.
La afirmación municipal, entonces, más que cerrar la discusión, la abre. Porque antes de concluir que no se puede, convendría establecer qué modelo se está descartando, con qué números y después de analizar qué necesidad real de movilidad existe hoy en Carmelo.


























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