La protección del arbolado urbano y costero es un tema que despierta debates en todo el país, pero dentro del departamento de Colonia, dos localidades muestran posturas marcadamente distintas frente a una misma preocupación: la tala de árboles en espacios públicos.
En Carmelo, el anuncio del Municipio sobre el corte total de los árboles ubicados sobre la vereda de la Pista Marcelo Bianchi apenas generó reacción ciudadana. A pesar de experiencias anteriores —como el frustrado intento de talar ejemplares frente a la Plaza de Deportes o la reciente intervención en el Liceo 1—, el proceso se sigue considerando una decisión meramente administrativa, sin mayor oposición pública.
La tala prevista forma parte de intervenciones viales o de infraestructura impulsadas por el propio Municipio, que no han sido acompañadas, al menos hasta ahora, por procesos de consulta ni participación ciudadana visibles. La remoción del arbolado se presenta como una medida funcional, con escaso debate sobre su impacto ambiental, estético o simbólico.
Muy diferente es lo que ocurre en Blancarena, una pequeña localidad costera también del departamento de Colonia, donde un grupo de vecinos se ha movilizado rápidamente tras conocer el proyecto de mejoras para la bajada de embarcaciones, impulsado por el Municipio de La Paz (Colonia P.) junto con la Prefectura.
El plan contempla la colocación de caños, la adecuación de un espacio para estacionamiento y la tala de al menos cuatro árboles próximos a la duna. Aunque los promotores del proyecto argumentan que busca mejorar la accesibilidad y seguridad en una zona muy concurrida, los vecinos sostienen que no fueron consultados ni informados previamente.
En menos de 24 horas ya habían reunido más de 50 firmas, que prevén presentar ante el Director de Planificación Territorial y Ambiente, doctor Miguel Asqueta. Además, han entablado contacto con el edil Carlos Fernández (FA) y se han asesorado con el abogado Ricardo Aranda.
Entre sus argumentos destacan que se trata de la bajada principal del balneario, ubicada junto a un club con baños públicos, juegos infantiles, parrilleros y parada de ómnibus. Señalan también que el proyecto excluiría a los vecinos del uso de una franja costera de seis metros.
Mientras en Carmelo los árboles son retirados sin que medie mayor controversia pública, en Blancarena se plantea la defensa del entorno como una cuestión de identidad y convivencia. La contraposición entre ambas ciudades evidencia un contraste en la forma en que se gestiona lo común: de un lado, el trámite administrativo; del otro, la participación vecinal.
La diferencia no radica solo en el tamaño de la intervención, sino en el valor simbólico que cada comunidad asigna al arbolado. En un lugar se percibe como un obstáculo; en el otro, como un bien que merece ser defendido.
Este caso revela la necesidad de institucionalizar mecanismos de consulta, evaluar con rigor el impacto ambiental de las decisiones y, sobre todo, reconocer que detrás de cada árbol puede haber una historia compartida por generaciones.


























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