El miércoles 10 de diciembre, a las seis de la tarde, la Fundación Fontaina Minelli abrirá sus puertas para algo más que una actividad académica. Será, en apariencia, una presentación de trabajos. En esencia, un gesto político —en el sentido más amplio y noble—: estudiantes de la Tecnicatura en Bienes Culturales (TUBICU), de la sede Colonia del Cenur Suroeste de la Universidad de la República, ocuparán el territorio que les corresponde. Contarán lo que han visto. Dirán lo que han aprendido. Y entregarán a la comunidad algo que no siempre se ofrece: conocimiento dispuesto para circular.
Todo comenzará con las palabras de Pablo Fontaina, anfitrión. Después, el profesor Sebastián Rivero pondrá en contexto la tecnicatura y el curso en el que se gestaron las investigaciones. Hablará del método, de la práctica, de esa mezcla de paciencia y obstinación que exige el trabajo sobre el patrimonio: mirar de cerca lo que otros pasan por alto, encontrar preguntas donde ya no parecen quedar.
Luego se desplegarán los pósters, uno tras otro, como fragmentos de un mapa que intenta explicar un territorio diverso. Valeria Da Silva contará la historia acumulada en Artilleros, una zona donde cada vestigio parece querer decir algo. Inés Feliciano y Willington Gutiérrez se detendrán en la Basílica del Santísimo Sacramento, el templo más antiguo, que ha envejecido de pie, con los silencios propios de las construcciones que sobreviven. Aneliese Couto llevará a la Estancia Teodosio de la Quintana, y María Merica, Sandra Durand y María del Rosario Llorens seguirán el rastro de la Estancia y Oratorio de Don Juan de Narbona, donde aún late una época que dejó más preguntas que respuestas.
Habrá también fronteras: Andrés Garibotti y Yanina González explicarán la zanja y sus guardias como límite entre los reinos de España y Portugal. Y habrá alturas: Nehuen Ortiz y Lautaro Rivero propondrán mirar Los Altos de la Concepción como quien intenta ver “más allá del muro”. María del Carmen Bernardi y Milton Ballesteros recordarán que el Molino Naper de Lencastre sigue ahí, con la posibilidad —real— de volver a girar. Vivian Arnelo y Moisés Quintanilla hablarán de las conexiones con África que empiezan “desde los cimientos”. Sergio Pérez reconstruirá el Encuentro del Monzón de 1825. Y Lorena Romaso y Ana Buschiazzo volverán al molino que todavía puede moverse, como si nada se hubiera detenido del todo.
Cuando los pósters terminen de hablar, llegará el momento de entregar los trabajos de investigación. No será un trámite: es el paso en el que el conocimiento deja de ser solo universitario y se vuelve público. Lo recibirán representantes de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación y del Archivo Histórico y Museo Regional. La escena resume una convicción: si el patrimonio pertenece a todos, la información que lo explica también.
Después, un estudiante delegado de la tecnicatura dirá unas palabras finales. Agradecerá. Confirmará compromisos. Y entonces la invitación será clara: recorrer la exposición, detenerse ante cada póster, leer, preguntar, pensar.
Hay una idea que sobrevuela toda la jornada: la presencia de la Universidad en Colonia es un hito, y cada uno de estos trabajos es una forma de celebrarlo. Aquí, los estudiantes se reconocen como parte de una trama mayor, hecha de memoria, estudio y ciudadanía. Lo que ofrecen no es solemne ni mínimo: es el testimonio de que el patrimonio puede ser mirado de nuevo, y que esos nuevos relatos pueden modificar la manera en que una comunidad se piensa a sí misma.
Porque, al final, eso hacen: dar nuevas miradas, nuevos relatos. Y ponerlos, sin restricciones, al alcance de todos.



























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