El TAI vuelve a cruzar Carmelo como todos los años: a paso parejo, banderas en alto, la música que marca el ritmo y un murmullo que se hace coro cuando la caravana va llegando a Plaza Independencia. No hace falta mirar el cronograma para saberlo; alcanza con ver las reposeras alineadas, los termos apoyados contra el cordón y ese gesto de achicar los ojos que se repite en la vereda para ubicar a “los gurises” en el cruce siguiente.
La escena es sobria, casi económica, como si estuviera escrita con pocas palabras. Unos padres hacen equilibrio con el mate; una abuela señala con el mentón; un hermano menor aplaude tarde, perdido entre los pasos. En las arterias cercanas los autos se amontonan sin tanto orden, pero nadie protesta en serio. El desfile impone otra lógica: dejar pasar, mirar, reconocer.
Por calle Uruguay desfilan colores de liceos. Profes que ayudan en los detalles , chicos que ajustan trajes. No hay épica forzada. Hay detalles: una cinta que se suelta y vuelve a atarse, una zapatilla que roza el asfalto, la espuma del mate que se enfría. Se escuchan apellidos, chiflidos, nombres de pila lanzados como cuerdas para agarrarlos en la multitud.
El camino hacia Plaza Independencia es corto, pero alcanza para ver algo que se repite desde hace 33 ediciones: la ciudad puesta en el mismo acto. Lo costumbrista no es un adorno; es el centro de la escena. A la manera de una ceremonia sencilla —casi doméstica—, el TAI encuadra a los jóvenes en su mejor versión de primavera: concentrados, orgullosos, con la risa lista para largarse cuando baje el pulso. El desfile no pretende más que eso y por eso funciona: mostrar que el tejido de Carmelo todavía sabe cómo juntarse.
En la plaza los esperan los carteles, el aplauso compacto, el momento de la foto. Queda un resto de viento entre los árboles, un papelito que se arremolina en el piso, el último golpe de ruido que tarda en apagarse. Terminan de pasar y la ciudad vuelve a su rumor habitual. Pero el rastro queda: marcas de tiza, huellas livianas, un mate que circuló de mano en mano. Lo que dura un desfile y lo que permanece después: una comunidad que se reconoce al verse pasar.



























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