Si aplicáramos a Nietzsche al caso de la camioneta de Orsi, lo primero sería evitar la lectura más cómoda: “¿es legal o ilegal?”. Esa es la pregunta del funcionario, del abogado, del expediente. Nietzsche haría otra, bastante más incómoda: ¿qué voluntad se expresa en este episodio? ¿Una voluntad fuerte, capaz de dar la cara, o una voluntad defensiva, que se esconde detrás del reglamento, la picardía y el “no fue para tanto”?
El hecho conocido es este: Orsi compró una Hyundai Santa Fe por US$ 54.000 cuando el precio de lista informado rondaba los US$ 78.990, es decir, con una diferencia cercana a US$ 25.000. La compra se produjo días antes de asumir la Presidencia y la Jutep recibió denuncias para analizar si hubo ilegalidad, falta ética o corrupción. El propio presidente dijo luego que, si un organismo de contralor entiende que debe pagar la diferencia, lo hará.
Desde Nietzsche, el problema no es que un presidente ande en camioneta. Nietzsche no era precisamente un moralista de comité de base ni un asceta municipal que condenaría el tapizado de cuero como síntoma de decadencia. El problema es otro: el poder no debe parecer un cupón de descuento personalizado. La grandeza política no consiste en simular pobreza, sino en no permitir que la función pública se vuelva una zona gris donde la cortesía empresarial, la oportunidad comercial y el aura del cargo se confunden como en una mala sobremesa uruguaya.
Nietzsche desconfiaría de dos cosas al mismo tiempo. Desconfiaría de la indignación automática, esa moral de rebaño que disfruta viendo caer al poderoso aunque sea por una alfombra mal puesta. Pero también desconfiaría, y mucho más, del poder que se justifica con una sonrisa pícara. La frase “cuando hay descuentos me tiro de cabeza” podrá sonar simpática en una feria vecinal; en boca de un presidente, frente a una ventaja económica discutida públicamente, suena menos a sabiduría popular y más a Zarathustra saliendo de un concesionario con financiación conveniente.
La clave nietzscheana está en la genealogía. Nietzsche no preguntaría solamente cuánto costó la camioneta. Preguntaría de dónde viene ese precio, qué relaciones lo hicieron posible, qué fuerzas se movieron detrás de la escena, qué necesidad tuvo cada actor de presentarse como inocente. La genealogía de la moral aplicada al caso sería una genealogía de la factura: precio de lista, tasación de vehículos entregados, comunicaciones con la automotora, vínculo con autos usados en la asunción, declaración jurada, criterios de seguridad, todo. No porque cada papel sea una revelación divina, sino porque la oscuridad, en política, siempre trabaja horas extra.
Además, el Código de Ética de la Función Pública prohíbe aceptar beneficios, regalos, favores u otras ventajas vinculadas al ejercicio de la función pública. Y la Convención Interamericana contra la Corrupción, aprobada por Uruguay, incluye dentro de la noción de funcionario público a quienes fueron electos para desempeñar funciones estatales. No hace falta dictar sentencia desde una columna, pero sí entender que el tema no se liquida con el argumento infantil de “todavía no había asumido”. En filosofía política, como en la vida, hay momentos en que uno ya es lo que todavía no juró ser.
Entonces, ¿qué debería hacer el gobierno si tuviera una inspiración nietzscheana bien entendida?
Primero, dejar de pedir que le crean y producir una demostración completa. La fuerza no ruega confianza: la organiza. Publicar toda la documentación, explicar la operación de punta a punta y pedir formalmente el dictamen correspondiente no sería debilidad. Sería voluntad de forma. El poder fuerte no teme al control; teme, más bien, parecer pequeño.
Segundo, pagar la diferencia si queda la menor sombra ética razonable, aun cuando jurídicamente pudiera defenderse. No por culpa cristiana, no por autoflagelación, no para satisfacer al coro de los ofendidos profesionales. Hacerlo por estilo. En Nietzsche, el estilo importa: la forma también es contenido. Un presidente que cierra una sospecha con un gesto claro no se humilla; se eleva sobre la mezquindad del episodio.
Tercero, convertir el caso en regla institucional. Nada de “pasemos página” como quien barre tierra debajo de la alfombra. El gobierno debería proponer una norma clara sobre beneficios, descuentos extraordinarios, regalos, préstamos de vehículos, donaciones de campaña y vínculos comerciales de presidentes electos. La camioneta puede ser un bochorno o puede ser una pedagogía. Nietzsche diría que solo los débiles padecen los hechos; los fuertes los transforman.
Cuarto, abandonar la épica de la viveza criolla. El Uruguay tolera demasiado bien al vivo simpático, siempre que hable sencillo, tome mate y diga que no quiso molestar a nadie. Pero la ética pública no puede depender del carisma del conductor. Porque, al final, la pregunta no es si la camioneta lleva al presidente. La pregunta es si el presidente terminó siendo llevado por la camioneta.
La salida nietzscheana, en síntesis, sería brutalmente simple: verdad completa, control externo, reparación si corresponde y una regla nueva para que nadie vuelva a estacionar su ética en doble fila. Todo lo demás es ruido de motor. Y bastante caro, por cierto.



























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