Hay uruguayos que, llegada una final del mundo, descubren una vocación repentina por cualquier país que juegue contra Argentina.
No importa demasiado cuál. Puede ser una potencia europea, una selección sin parentescos visibles o un conjunto de once desconocidos llegados desde el otro extremo del planeta. Durante noventa minutos, a veces más, esos futbolistas reciben una nacionalidad provisoria: son los que pueden impedir que los argentinos vuelvan a celebrar.
El fenómeno existe. Pero conviene no exagerarlo. No todos los uruguayos desean la derrota argentina ni todos los argentinos profesan una simpatía automática por Uruguay. Las generalizaciones funcionan bien en las tribunas y bastante mal fuera de ellas.
Aun así, la pregunta permanece: ¿por qué a una parte de los uruguayos le cuesta apoyar al vecino más parecido?
Tal vez porque Argentina no es exactamente un vecino. Es un espejo.
Y nadie discute tanto con un espejo como quien teme reconocerse.
Dos países separados por una comparación
Uruguay y Argentina comparten una frontera que no termina en el Río de la Plata. Comparten palabras, músicas, comidas, apellidos, actores, escritores, veranos, exilios, clubes y discusiones sobre el origen de casi todo.
El mate necesita documento. El dulce de leche, partida de nacimiento. Carlos Gardel continúa sometido a un trámite sucesorio que nadie parece dispuesto a cerrar. Hasta la manera de pronunciar la calle puede convertirse en patrimonio nacional.
No se discute con Brasil del mismo modo. Brasil es otro: otra lengua, otra escala, otro ritmo, otro universo. Argentina, en cambio, se parece demasiado.
La rivalidad suele ser más intensa entre quienes están próximos. No hace falta remontarse a los barcos de inmigrantes ni buscar una herida originaria en el siglo XIX. Alcanza con mirar la vida cotidiana del último siglo: la radio argentina entrando en los hogares uruguayos, la televisión porteña ocupando la sobremesa, Buenos Aires funcionando como capital cultural y comercial de una región que nunca la nombró oficialmente.
Durante décadas, los uruguayos vieron a los argentinos explicar el mundo en voz alta.
Ese detalle importa.
Argentina es grande, populosa y estridente. Uruguay construyó una parte de su identidad en la escala contraria: pequeño, mesurado, desconfiado de la grandilocuencia. Frente al argentino que dice “somos los mejores”, el uruguayo suele responder “tampoco es para tanto”.
El problema es que esa respuesta necesita que el argentino hable primero.
La modestia también puede ser una forma de orgullo
La identidad uruguaya se presenta a menudo como modesta. Pero la modestia nacional, cuando se la examina de cerca, puede contener una cantidad considerable de orgullo.
Uruguay no proclama su grandeza: la insinúa.
Prefiere recordar que ganó cuando nadie esperaba que ganara, que tuvo escritores enormes en un país pequeño, que construyó instituciones antes que otros y que conoce el secreto de hacer mucho con poco. La épica uruguaya no consiste en sentirse gigante, sino en derrotar gigantes.
Por eso Argentina produce una incomodidad particular. Es un adversario cercano que disputa los mismos símbolos, habla con la misma música y ocupa más espacio.
La expresión “síndrome del hermano menor” puede ser tentadora, pero resulta insuficiente. También los hermanos mayores necesitan que el menor los admire. También padecen cuando este gana, se independiza o deja de prestar atención.
Argentina y Uruguay parecen alternar esos papeles. Uno presume; el otro ironiza. Uno exagera; el otro minimiza. Uno dice que inventó el mundo; el otro contesta que el mundo ya existía, pero estaba mejor administrado en Montevideo.
No es odio. Es una conversación familiar que lleva demasiado tiempo.
Galeano habría mirado la tribuna
Eduardo Galeano escribió sobre el fútbol como quien escribe sobre una religión que ha perdido la inocencia, pero conserva sus milagros. En El fútbol a sol y sombra lo celebró como “música del cuerpo” y “fiesta de los ojos”, al mismo tiempo que denunció la industria, la tecnocracia y los poderes que pretendían domesticarlo.
Galeano sabía que el hincha no es una persona razonable que ocasionalmente mira un partido. Es alguien que, durante el partido, suspende la razón.
En su descripción de la “misa pagana”, el hincha se multiplica en la multitud y comparte certezas elementales: su equipo es el mejor, el árbitro está comprado y el rival carece de escrúpulos.
Ante un uruguayo deseando que pierda Argentina, probablemente Galeano no habría redactado un diagnóstico clínico. Habría observado los gestos.
Miraría al hombre que dice no soportar la soberbia argentina mientras enumera, con soberbia uruguaya, las copas obtenidas cuando el fútbol todavía usaba bigote.
Miraría a quien desprecia la celebración porteña, pero conoce de memoria sus programas deportivos, sus periodistas y sus polémicas.
Miraría también al uruguayo que alienta a Argentina en secreto, como si estuviera cometiendo una deslealtad doméstica.
Después quizá escribiría que el fútbol permite odiar por encargo. Durante un rato, el otro deja de ser una persona y se convierte en camiseta. La camiseta simplifica el mundo: nosotros de un lado, ellos del otro.
Ese nacionalismo no necesita una doctrina. Le alcanza una bandera.
El fútbol actúa como un nacionalismo cotidiano: produce un “nosotros”, identifica un “ellos” y convierte símbolos ordinarios en pruebas de pertenencia. Es una emoción que atraviesa posiciones políticas y puede reunir, bajo el mismo grito, a personas que fuera del estadio no aceptarían compartir una mesa.
Galeano probablemente habría desconfiado de esa obediencia, pero no de la pasión. Sabía que el fútbol podía ser una maquinaria comercial y, al mismo tiempo, un lugar de belleza inexplicable.
La contradicción era su cancha favorita.
Soriano habría contado una historia
Osvaldo Soriano habría entrado por otro lado.
No habría comenzado con “la identidad nacional uruguaya”. Habría inventado un hombre.
Tal vez un jubilado de Carmelo que pasa la tarde explicando por qué quiere que Argentina pierda. Diría que no es nada personal. Recordaría a un porteño que en 1978 le cobró de más una habitación. Aseguraría que Messi le cae bien, pero que los periodistas argentinos son insoportables. Después preguntaría a qué hora empieza el partido y acomodaría la silla frente al televisor.
Cuando Argentina hiciera un gol, insultaría.
Cuando el rival empatara, se levantaría rejuvenecido.
Si Argentina perdiera, sentiría una alegría tan intensa que enseguida le daría vergüenza.
Y si ganara, apagaría el televisor antes de la entrega de la copa, aunque al día siguiente conocería todos los detalles.
Soriano, que quiso ser futbolista antes de convertirse en escritor, encontró en la pelota una máquina de fabricar relatos. Sus cuentos no usan el fútbol como decoración: lo usan para hablar de ilusiones, derrotas, lealtades, injusticias y hombres que siguen esperando un resultado capaz de corregirles la vida. Él mismo llegó a decir que le gustaba más el fútbol que la literatura.
En Soriano, los personajes suelen perder con dignidad o ganar de una manera que tampoco los salva. El fútbol ofrece una revancha, pero nunca definitiva.
¿Qué habría dicho sobre los uruguayos antiargentinos?
Quizá que cada pueblo necesita un adversario a su medida. No uno demasiado lejano ni demasiado distinto. Un rival que entienda las mismas bromas.
Habría contado que el antagonismo es una forma torcida de intimidad.
Nadie dedica tanta atención a quien le resulta indiferente.
El problema no es Argentina: es la celebración argentina
Muchos uruguayos no rechazan necesariamente al futbolista argentino. Pueden admirar a Lionel Messi, recordar a Diego Maradona, elogiar a Ángel Di María o reconocer la calidad de un equipo.
La molestia aparece después.
Aparece en la celebración, en la televisión, en el relato interminable, en la conversión de una victoria deportiva en una nueva prueba de excepcionalidad nacional.
El uruguayo contrario a Argentina no siempre teme que gane Argentina. Teme tener que escuchar que ganó Argentina.
No rechaza el resultado: anticipa el relato.
Esa diferencia es importante.
Argentina posee una poderosa capacidad para narrarse. Cada triunfo encuentra rápidamente su epopeya, su música, su documental, sus camisetas, sus frases y sus héroes. Esa energía puede despertar admiración en el exterior, pero en Uruguay tropieza con una cultura que suele sospechar de quien habla demasiado bien de sí mismo.
Al uruguayo le enseñaron a rebajar la solemnidad.
Cuando alguien se proclama histórico, pregunta cuántas fechas faltan.
Cuando alguien anuncia una hazaña, recuerda una derrota.
Cuando alguien afirma que un jugador es el mejor de todos los tiempos, prepara agua para el mate y solicita pruebas.
No es necesariamente modestia. Es un sistema de defensa.
Borges habría desconfiado de la multitud
Jorge Luis Borges no fue amigo del fútbol. Lo incomodaban menos la pelota y sus reglas que la unanimidad de las multitudes. Su literatura desconfió de las identidades cerradas y de las ficciones colectivas que convierten a una persona en parte obediente de un conjunto.
Borges podría haber visto en la hinchada una paradoja: miles de individuos renuncian por un rato a ser individuos para gritar que son únicos.
El estadio es un laberinto que se cree plaza pública.
Cada tribuna supone que el universo ha sido organizado alrededor de su partido. La derrota parece una injusticia metafísica; la victoria, una confirmación del destino.
Borges quizá habría sonreído ante la idea de que un uruguayo necesite la derrota de Argentina para sentirse más uruguayo. Podría haber considerado que toda identidad basada en la desgracia ajena es una identidad dependiente.
Pero también conocía el peso del barrio, del coraje y de las rivalidades heredadas. Su Buenos Aires estaba hecha de esquinas donde los hombres defendían prestigios minúsculos como si defendieran imperios.
En eso, una discusión de fútbol no le habría resultado enteramente extraña.
Felisberto y la pelota imposible
Felisberto Hernández habría mirado la pelota.
No el campeonato ni las banderas: la pelota.
En su cuento La pelota, un niño pobre desea una de colores que su abuela no puede comprarle. La mujer termina fabricándole una con materiales domésticos. El objeto no cumple bien su función, pero concentra el deseo, la carencia y el afecto.
En Felisberto, las cosas adquieren una vida secreta. Una pelota puede contener una infancia. Un piano puede guardar una humillación. Un mueble puede recordar.
Tal vez habría visto el partido desde allí: una esfera viajando de un país al otro, acumulando voces, deudas y recuerdos.
Porque el fútbol rioplatense también es eso: una pelota que ambos países creen propia.
Fue pateada en potreros parecidos, junto a casas parecidas, por niños que escuchaban insultos parecidos. Después alguien dibujó una frontera y resolvió que la alegría de un lado debía ser la tristeza del otro.
La pelota, indiferente, siguió rodando.
¿Son antiargentinos los uruguayos?
Algunos, sí.
Otros sólo son antiporteños.
Otros rechazan la arrogancia que atribuyen a los argentinos, aunque mantengan amistades, vínculos familiares y consumos culturales argentinos.
Otros apoyan siempre al rival más débil.
Otros disfrutan de provocar.
Otros no perdonan viejas discusiones futbolísticas.
Otros quieren que gane Argentina y prefieren no decirlo.
Y muchos no sienten nada especial.
Hablar de “los uruguayos” como una sola conciencia sería repetir el mecanismo más elemental de la hinchada: reducir millones de personas a una camiseta.
Lo que sí parece existir es una rivalidad cultural construida sobre la proximidad. Uruguay no mira a Argentina desde afuera. La mira desde un borde compartido. Consume sus historias, discute sus versiones y utiliza al vecino como medida de comparación.
Argentina funciona para Uruguay como exceso, amenaza, fascinación y excusa.
Uruguay funciona para Argentina como pariente entrañable, rival histórico y pequeño país al que se elogia, a veces, con una condescendencia que el pequeño país detecta de inmediato.
Los dos se quieren.
Pero quieren elegir los términos.
Una final no resuelve nada
Al terminar el partido, gane quien gane, los uruguayos seguirán cruzando a Buenos Aires y los argentinos seguirán llegando a las costas uruguayas. Compartirán mesas, familias, escenarios, redacciones, canciones y discusiones sobre quién prepara mejor el asado.
Ninguna copa resolverá la relación.
Galeano quizá recordaría que el fútbol, pese a sus dueños y mercaderes, continúa regalando instantes de belleza a quienes todavía pueden asombrarse.
Soriano elegiría a un perdedor, lo sentaría en un bar y le permitiría contar durante años aquel penal que cambió su destino.
Borges sospecharía de la palabra “nosotros”.
Felisberto escucharía cómo la pelota rebota contra una pared y descubre que cada golpe suena diferente.
Los cuatro, acaso, coincidirían en algo: el fútbol revela menos lo que pensamos que lo que somos cuando dejamos de pensar.
Por eso una final inquieta tanto.
No decide solamente quién juega mejor. Durante unas horas nos obliga a elegir una pertenencia, a desempolvar prejuicios y a admitir alegrías que fuera de la cancha trataríamos de explicar con argumentos más decorosos.
Quizá muchos uruguayos no sean antiargentinos.
Quizá sólo necesiten que Argentina pierda de vez en cuando para poder seguir queriéndola sin sentirse absorbidos.
Es una manera incómoda, infantil y bastante rioplatense del afecto.
Como dos vecinos que discuten desde hace cien años sobre quién plantó primero el árbol cuya sombra comparten.




























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