La Batalla de Las Piedras suele recordarse por la victoria artiguista y por la idea de “clemencia para los vencidos”. Pero si se la mira desde el terreno, el 18 de mayo de 1811 fue también una operación militar costosa, con pérdidas humanas, armas capturadas, heridos abiertos por hierro y plomo, prisioneros que alimentar y una ciudad —Montevideo— que empezó a quedar más cercada.
Lo primero que no siempre se dice es que la batalla tuvo un costo económico directo. No hay una contabilidad completa en pesos, pero el parte de Artigas permite medirlo en recursos: la toma de cinco piezas de artillería, municiones de varios calibres y tres carros capuchinos. Para un ejército con escasez de artilleros y de piedras de chispa, aquello era un botín militar decisivo, no un simple trofeo. Artigas pidió luego dotación de artilleros y “bastantes piedras de chispa”, lo que muestra que capturar cañones no bastaba: había que poder operarlos y mantenerlos.
El costo económico también estuvo en el abastecimiento. Artigas explicó que se había instalado en Canelones para impedir a los enemigos la introducción de “ganados y demás comestibles” hacia Montevideo. Es decir, Las Piedras formó parte de una guerra por comida, ganado, transporte y control del territorio. Tras la victoria, las fuerzas revolucionarias pudieron sitiar Montevideo; el asedio buscaba agotar la resistencia de la ciudad y limitar su acceso a alimentos y agua.
Las armas explican la violencia del combate. Según el parte de Artigas, las fuerzas de Posadas tenían entre 400 y 500 infantes, 459 hombres de caballería y cuatro piezas de artillería: dos obuses de a 32 y dos cañones de a 4, con 64 artilleros. Del lado artiguista había 600 hombres de caballería “mal armados”, 400 infantes y dos pequeños cañones de a 2. La diferencia no era solo numérica: era de fuego, entrenamiento y posición.
Un fusil de chispa de la época no era un arma precisa como las modernas. Los mosquetes de ánima lisa disparaban balas de plomo, con baja precisión más allá de distancias cortas. Estudios sobre armamento de las guerras de independencia señalan que modelos como el Brown Bess podían efectuar tres o cuatro disparos por minuto y tenían un alcance efectivo aproximado de 80 metros. Por eso se usaban formaciones cerradas y descargas colectivas: no se buscaba tanto acertar a un individuo como quebrar una línea enemiga.
La artillería era otra cosa. Una bala sólida de hierro podía rebotar en el terreno y atravesar cuerpos o extremidades; la metralla convertía el cañón en una especie de disparo múltiple contra tropas agrupadas. Artigas dejó una imagen concreta de ese horror: al comienzo del combate, una granada mató a seis de sus hombres porque estaban en pelotón. Ese dato rompe cualquier imagen limpia de la batalla: hubo cuerpos destrozados por explosión y fragmentos antes de que llegara el choque directo.
¿Qué heridas pudieron verse? No hay un registro clínico detallado de Las Piedras, por lo que debe reconstruirse a partir de las armas usadas y de la cirugía militar de la época. Habría heridas de bala en brazos, piernas, tórax o abdomen; fracturas por proyectiles de plomo; cortes de sable o cuchillo; puntazos de lanza o bayoneta; quemaduras por pólvora; aplastamientos y amputaciones traumáticas por artillería. La bibliografía médica sobre heridas de mosquete muestra que la bala podía quedar alojada, deformarse, arrastrar ropa sucia hacia la herida y provocar infecciones posteriores.
Los heridos no quedaban necesariamente “salvados” al terminar el combate. La muerte podía llegar después, por hemorragia, gangrena, tétanos o infección. La historia de la cirugía uruguaya muestra que hasta bien avanzado el siglo XIX esos riesgos eran enormes, y que la anestesia general recién se aplicó en Uruguay en 1847. En 1811, por tanto, una amputación o extracción de bala se hacía sin anestesia moderna.
¿Quiénes los curaban? Hay un dato muy relevante: Cornelio Spielman y Miguel Santisteban actuaron como médicos cirujanos en Las Piedras. Spielman trabajó en el hospital instalado en la ciudad de Las Piedras y Santisteban en el campo de batalla. La fuente médica señala que, por la rendición total e incondicional, todos los heridos fueron atendidos por el hospital de Spielman.
¿Con qué elementos? Con lo que tenía la cirugía militar de la época: sondas o dedos para buscar balas, pinzas o extractores, cuchillos, sierras, ligaduras, vendajes, cauterios y apósitos. Los tratados quirúrgicos de guerra describen la extracción de balas, el retiro de restos de ropa, la cauterización para frenar sangrados, el cierre de heridas y la amputación como último recurso. No era una medicina “primitiva” en sentido absoluto, pero sí limitada, dolorosa y expuesta a infecciones.
Lo que tampoco se dice mucho es que Las Piedras fue una batalla de administración posterior. Hubo que contar muertos, clasificar heridos, custodiar prisioneros, reunir armas, mover cañones, atender caballos, extraer municiones y preparar el sitio de Montevideo. Artigas reconoció en su parte que no podía aún enviar un estado completo de armas y municiones porque seguía ocupado y atento a posibles refuerzos enemigos.
La épica patriótica suele ordenar la batalla en una escena moral: victoria, rendición, clemencia. El rigor histórico obliga a agregar otra capa: fue una jornada de fuego real, cuerpos vulnerables y recursos escasos. Su grandeza no disminuye al mostrar la sangre. Al contrario: se entiende mejor. Las Piedras fue decisiva porque Artigas ganó con tropas peor armadas, capturó material estratégico, abrió el camino al sitio de Montevideo y transformó una victoria militar en capital político. Pero antes de ser símbolo, fue una tarde de gritos, pólvora, cirugía de urgencia y muertos que hubo que levantar del campo.

























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