Dos denuncias policiales registradas en Colonia vuelven a exponer una realidad cada vez más frecuente: el delito también se mueve en el mundo digital, donde los estafadores aprovechan la confianza, la urgencia y la dificultad de muchas personas para distinguir entre una comunicación real y una maniobra falsa.
En Tarariras, un ciudadano denunció ante la Seccional 14ª haber sido víctima de una estafa tras ver en Facebook una publicación atribuida a una supuesta automotora. El enlace lo llevó a WhatsApp, donde dialogó con presuntos vendedores y acordó la compra de una camioneta. Para asegurar el negocio, giró U$S 600 como seña. Luego, al concurrir personalmente a la automotora real, fue informado de que la publicación era falsa.
El segundo caso ocurrió en Juan Lacaze. Allí, un ciudadano recibió una videollamada de un hombre que dijo ser abogado. Le aseguró que un familiar suyo estaba detenido tras atropellar a una mujer en un paso de cebra. Bajo presión emocional, la víctima solicitó un préstamo de $ 150.000 y entregó el dinero en un punto acordado. Más tarde comprobó que su familiar estaba bien.
Ambas maniobras tienen elementos comunes: una historia verosímil, un canal de contacto cotidiano y una exigencia rápida de dinero. En un caso, el anzuelo fue una oportunidad comercial; en el otro, el miedo ante una supuesta emergencia familiar.
La investigación policial deberá avanzar sobre los autores, pero estos episodios dejan una advertencia social. La virtualidad ya no es un espacio paralelo ni menor: es también un escenario delictivo. Comprenderlo implica verificar identidades, desconfiar de urgencias económicas y no realizar giros sin confirmar, por vías independientes, la autenticidad de cada situación.



























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