En Playa Seré hay una contradicción cada vez más visible: uno de los bordes más lindos de Carmelo no fue pensado desde la experiencia del peatón. Quien camina o corre hacia la zona del ancla debe hacerlo por la calle, compartiendo el espacio con autos, motos, bicicletas y monopatines eléctricos. No es solo una incomodidad: es una forma de organizar el espacio público.
La pregunta de fondo no es únicamente por qué faltan veredas. Es por qué predominó una mirada autocéntrica, donde la circulación vehicular parece haber ordenado todo lo demás. El auto define el trazado, el ritmo y las prioridades; el peatón queda librado a adaptarse. Y cuando una costanera funciona así, deja de ser plenamente un paseo para convertirse en una vía con paisaje.
Ahí aparece una idea clave del geógrafo Michel Lussault: el espacio no es un decorado, sino una construcción social. Es decir, revela qué usos, cuerpos y movimientos son valorados, y cuáles quedan relegados. En Playa Seré, el mensaje implícito parece claro: llegar en vehículo es sencillo; habitar el borde caminando, no tanto.
Pero caminar no es un detalle menor. Es una práctica que crea vida urbana, encuentro, conversación, permanencia. Donde hay veredas, bancos, sombra y continuidad peatonal, aparece también otra sociabilidad. El espacio se vuelve humano.
Por eso, discutir Playa Seré no es hablar solo de infraestructura. Es discutir qué costanera quiere Carmelo: una para pasar o una para estar. Porque un lugar frente al río debería invitar a detenerse. Y hoy, en buena medida, obliga a esquivar.


























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