En Carmelo, donde el olor a río se mezcla con el polvo de la madera húmeda y el eco de los golpes de maza contra el casco de una embarcación en construcción, la Escuela Técnica de Reparaciones, Construcciones Navales y Anexos vivió el viernes un gesto que, visto de lejos, puede parecer administrativo: recibir un certificado. Pero los gestos administrativos, en ocasiones, son los que abren puertas que la realidad llevaba años empujando sin éxito.
En el taller naval —un espacio donde conviven herramientas, mesadas gastadas y el murmullo constante de estudiantes que afinan oficios— la Prefectura Nacional Naval entregó la habilitación que reconoce al centro como astillero naval. Hubo un aplauso breve, una foto, saludos protocolares. Y sin embargo, el ambiente tenía algo más: la sensación de que ese documento, sostenido primero por el coordinador del Departamento de Asuntos Marítimos de UTU, Alejandro Chucarro, y luego por la directora de la escuela, Silvia Marchelli, venía a corregir una paradoja que llevaba años instalada en el corazón de la formación naval pública.
Porque allí, donde UTU enseña desde hace generaciones a construir embarcaciones, esas mismas embarcaciones no podían matricularse. Es decir: se formaban técnicos capaces, se fabricaban canoas de fibra de vidrio reconocidas por su calidad, pero la autoridad marítima no podía habilitarlas a navegar. La ley pedía un astillero. El país tenía una escuela. La realidad quedó atrapada en esa grieta, y la grieta acaba de cerrarse.
El taller como escenario
En el fondo del taller, donde la luz entra en franjas oblicuas y se detiene sobre el brillo opaco de la fibra recién lijada, el certificado pareció más que un papel. Era una respuesta atrasada, sí, pero también un reconocimiento: el Estado aceptaba que la escuela estaba a la altura de los estándares que él mismo exige. Chucarro lo explicó con calma: se trata de una habilitación inicial por dos años, específica para embarcaciones menores de fibra, basada en una evaluación técnica de procesos e instalaciones.
A unos metros, la directora general de UTU, Virginia Verderese, el director del Campus Litoral Sur, Gabriel Matonte, inspectoras regionales, autoridades del puerto, docentes, estudiantes y empresarios observaban la escena con una mezcla de orgullo y alivio. No es frecuente ver tantos mundos reunidos en un mismo taller: el que enseña, el que regula, el que construye y el que compra.
Un hito para quienes aprenden haciendo
La directora Silvia Marchelli habló brevemente. Lo que destacó no fue solo la habilitación, sino lo que implica para quienes aprenden: que las embarcaciones podrán comercializarse, que los insumos podrán reinvertirse, que la práctica se vuelve camino productivo. En otras palabras, que el taller deja de ser únicamente un espacio pedagógico para convertirse también en un lugar donde sucede economía real.
El docente Roberto Hidalgo, encargado del Taller de Fibra de Vidrio y Carpintería de Ribera, aportó un dato que circula en la zona desde hace años: “Las que construimos aquí están al nivel de las importadas”. La frase, más que un elogio, es una radiografía de la calidad que se alcanzó en silencio, sin marketing ni escaparates.
Hasta ahora, sin embargo, esa calidad tenía un límite: la imposibilidad de navegar por falta de certificación. A partir de esta habilitación, esa barrera cae. Las embarcaciones podrán matricularse, y navegar no solo como demostración, sino como propósito.
Una escuela que es también un mapa del oficio
Hoy asisten al ERCNA unos 180 estudiantes distribuidos en cuatro turnos. Algunos estudian Maquinista Naval; otros, Instalaciones Eléctricas, Automotores, Reparación de Vehículos, Soldadura, Fibra de Vidrio, Forja, Carpintería de Ribera. Las especialidades conviven como capas de un mismo oficio: la construcción naval es una suma de saberes, y el taller funciona como un pequeño ecosistema donde cada herramienta encuentra su lugar.
La jornada permitió recorrer no solo los talleres sino también el Museo Naval de la escuela, que abrirá sus puertas en la próxima edición de Museos en la Noche. Allí, pequeñas piezas de historia —motores antiguos, maquetas, herramientas rescatadas del río— actúan como recordatorio de que la navegación ha sido, durante décadas, parte sustancial de la identidad de Carmelo.
Lo que cambia a partir de ahora
La habilitación no transforma de inmediato el paisaje del puerto ni el ritmo del taller, pero abre un camino nuevo: embarcaciones construidas por estudiantes podrán ser adquiridas por usuarios y matriculadas ante la autoridad marítima. Y eso introduce un elemento decisivo: el oficio vuelve a tener salida directa hacia el agua.
En un país donde tantas veces se discute la relación entre educación y trabajo, este hecho —un astillero habilitado dentro de una escuela pública— muestra otra forma de vínculo: la del aprendizaje que se vuelve concreto, vendible, navegable.
El viernes, en ese taller donde el polvo blanco de la lija se posa sobre cada superficie, donde el sonido del río llega amortiguado desde el fondo, UTU sumó su nombre a una lista de astilleros habilitados. Pero lo que realmente ocurrió fue más sencillo y más profundo: un lugar que ya era un astillero para quienes lo habitan todos los días finalmente recibió el reconocimiento formal de serlo.



























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