No hay apuro en la voz de Daniel Rey. Habla como si supiera que la urgencia no es una buena aliada para pensar el futuro. Cuando se refiere a la educación, no lo hace con frases de ocasión ni con números de gestión. Habla de preguntas. De dudas. De desafíos que ya están acá, como la inteligencia artificial en los puertos, en las aulas, en los teléfonos.
Dice que formar estudiantes para un mundo que cambia cada seis meses es como construir sobre arena. Que los títulos sirven, pero no alcanzan. Que la educación técnica es la que mueve las microeconomías. Y que en su centro educativo, los estudiantes ya conviven con una tecnología que a los adultos les sigue pareciendo ciencia ficción.
Daniel Rey dirige la UTU de Nueva Palmira. Es docente en informática. Y está convencido de que el problema no es el avance de la tecnología, sino la lentitud con que aprendemos a entenderla.
A continuación, la entrevista:
—¿Cómo se está preparando UTU para no convertirse en un modelo obsoleto ante los cambios tecnológicos tan rápidos, como los planteados por Harari?
—Estoy de acuerdo con Harari hasta cierto punto. No creo que la tecnología reemplace completamente al trabajador, pero sí que lo obliga a transformarse. El conocimiento cambia. Hoy formamos estudiantes que mañana trabajarán en empleos que aún no existen. Y ese es el verdadero desafío.
—¿Podés dar un ejemplo concreto de esa transformación del trabajo?
—Claro. Hicimos un estudio con el Ministerio de Trabajo, la Facultad de Ciencias y empresas locales en Nueva Palmira. Proyectamos que en 8 o 10 años, de cada 10 puestos de trabajo actuales en logística, solo quedarán 6. Los otros 4 no desaparecen, sino que se transforman en roles nuevos que hoy no conocemos.
—¿Y cómo responde UTU a ese cambio tan acelerado?
—Con más investigación. Ponemos a los estudiantes a indagar, a entender. El conocimiento no termina cuando egresas; ahí empieza. Nuestra apuesta es a la metacognición, a que aprendan a aprender. Si el mundo cambia, la capacidad de seguir aprendiendo es lo único que garantiza que puedan adaptarse.
—¿Cómo convive la formación técnica con la presencia de inteligencia artificial en el trabajo?
—Ya convivimos con ella. Algunas empresas usan IA para medir productividad en tiempo real: cuánto se mueve un obrero, cuántos minutos tarda en una tarea, cuánto circula un camión. Eso exige una formación nueva. No solo técnica, sino también ética.
—¿Y cómo se incluye la ética en una educación que forma para un mundo cada vez más automatizado?
—Ahí entra la formación integral. No es solo enseñar a usar tecnología, sino enseñar a pensar sobre ella. A comprender implicancias, límites, riesgos. Hay jóvenes que manejan software mejor que sus docentes, pero quizá no ven las consecuencias de ciertas acciones. Ahí entra la guía del adulto, del educador.
—¿Qué pasa cuando un estudiante sabe más que el docente en lo técnico?
—Pasa, claro. Y no está mal. Lo importante es que el docente pueda guiar el proceso, mostrar el camino para llegar al conocimiento, no solo el resultado. Hoy los estudiantes acceden directo al dato, al conocimiento masticado. Nuestra tarea es enseñarles a rastrear cómo se llegó hasta ahí.
—¿Y cómo se trabaja con docentes que también deben actualizarse constantemente?
—La formación es continua. No hay otra. Si antes un curso te servía por diez años, hoy te sirve por uno, o por meses. Lo vimos con capacitaciones en silos: egresaron más de 100 personas, y pocos meses después ya había nuevas herramientas que exigían volver a capacitarse. Así es el mundo hoy.
—¿La UTU debería incorporar herramientas para preparar a los jóvenes para convivir con robots humanoides?
—Quizá para nosotros sería necesario. Pero para los estudiantes no tanto. Ya nacen en ese mundo. Lo que les falta no es la habilidad, sino el entendimiento profundo. Saben usar tecnología, pero no siempre saben cómo funciona o para qué. Nuestra tarea es ayudarlos a conectar el uso con el sentido.
—¿Y qué rol tiene la ética en todo eso?
—Central. No hablo de moral, hablo de límites. De saber cuándo algo está bien o está mal. De entender que no todo lo que se puede hacer, debe hacerse. A veces, un chico entra a una página, accede a información crítica, y no mide el riesgo. No por maldad, sino por desconocimiento. La educación también debe enseñar a pensar esas cosas.
Saber preguntar
En un mundo donde las respuestas abundan y el conocimiento parece estar a un clic, Daniel Rey insiste en que la clave está en las preguntas. En cómo llegar. En aprender a pensar. Porque si el futuro es incierto, solo hay una certeza: el aprendizaje no termina con un diploma.


























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