En la sociedad actual, la figura del padre ya no aparece como ley absoluta, distancia solemne o autoridad incuestionable. Ese padre vertical, dueño de la palabra final, se ha debilitado. Y quizá allí haya una pérdida, pero también una liberación.
La paternidad ya no puede sostenerse en el mandato, sino en la presencia. En una época atravesada por la productividad, el cansancio y la exposición permanente, el padre corre el riesgo de convertirse en un gestor: administra horarios, traslados, pagos, pantallas, rendimientos escolares y expectativas. Deja de ser símbolo para volverse función.
Lo que habría que rescatar es otra cosa: el padre como pausa. El padre como quien interrumpe la velocidad del mundo. No el que impone silencio por miedo, sino el que crea un espacio donde la palabra todavía puede escucharse. En una sociedad que empuja a los hijos a rendir, competir y mostrarse, la paternidad puede ser una forma de resistencia: no exigir más, sino acompañar mejor.
También debe ponerse en crisis la nostalgia del padre fuerte. Muchas veces esa imagen ocultó dureza, ausencia emocional y privilegio. No se trata de restaurar al patriarca, sino de pensar una autoridad sin violencia, una firmeza sin dominio, una cercanía sin invasión.
Hoy el padre vale menos como dueño de la casa que como testigo de la fragilidad. Su tarea no es fabricar hijos exitosos, sino ayudar a que no se pierdan de sí mismos. En tiempos de hiperconexión, la paternidad puede recuperar un sentido antiguo y nuevo: estar ahí.
El padre, entonces, no como poder, sino como cuidado. No como voz que clausura, sino como presencia que sostiene.



























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