La noche cayó despacio sobre 19 de Abril, pero la calle ya estaba despierta. Las veredas desbordaban de reposeras y familias enteras que, como cada febrero, se adueñaron del asfalto mucho antes de que sonara el primer redoblante. En Carmelo, el carnaval no empieza: irrumpe.
De pronto una batería rompió el murmullo tibio del río y la avenida se volvió un río distinto, de lentejuelas y espuma. Los tambores marcaron el pulso y la gente respondió con palmas, como si se tratara de un viejo pacto no escrito entre comparsas y vecinos. Los niños perseguían papelitos de colores como si fueran mariposas nocturnas.
Las carrozas avanzaron lentas, iluminadas, mientras las reinas saludaban con esa sonrisa ensayada que mezcla nervios y orgullo. Detrás, las comparsas hicieron temblar el suelo. El brillo de los trajes, los pasos acompasados, el sudor que relucía bajo las luces: todo parecía coreografiado por la memoria colectiva de un pueblo que aprendió a celebrar mirándose a los ojos.
En cada esquina había un reencuentro. El carnaval carmelitano es también eso: una excusa para el abrazo, para la charla que quedó pendiente, para el vecino que vuelve y encuentra su lugar intacto en la vereda de siempre. No hubo huecos en 19 de Abril; la asistencia fue masiva, como dictan la costumbre y el corazón.
Cuando la última comparsa se perdió en la noche, quedó flotando una certeza: en Carmelo, el carnaval no es un evento del calendario. Es una tradición que respira, que convoca y que, año tras año, vuelve a encender la ciudad con su luz más propia.



























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