A las ocho y media en punto, cuando el sol ya aprieta y el verano parece reclamar la ciudad para sí, las puertas de seis escuelas del departamento de Colonia se abren como cada mañana. No hay campana solemne ni filas rígidas. Hay mochilas livianas, botellas de agua, gorras torcidas y una energía que se mueve rápido, como si enero también pudiera aprender.
Así funcionan las Escuelas de Verano, un programa que hasta el 8 de febrero reúne a más de 11.000 niños de 146 centros educativos de todo el país, y que en Colonia encuentra su pulso cotidiano en seis escuelas públicas, con una asistencia promedio de 350 niños.
En la escuela N.º 5 de Carmelo, el patio se convierte en territorio de juegos apenas comienza la mañana. En la N.º 40 y la N.º 96 de Nueva Helvecia, las aulas se llenan de risas que no responden a materias, sino a consignas lúdicas. En la N.º 49 de Colonia del Sacramento, la jornada se arma como un collage: actividades recreativas, momentos de descanso, propuestas colectivas. Más al oeste, la N.º 113 de Nueva Palmira y la N.º 136 de Juan Lacaze repiten la escena, cada una con su propio ritmo, pero bajo la misma consigna: el verano también es un derecho.
De lunes a viernes, entre las 8:30 y las 13:30 horas, los niños participan en propuestas recreativas pensadas para el disfrute, la convivencia y el encuentro. No se trata de prolongar el año lectivo, sino de habitar la escuela de otra manera, más flexible, más corporal, más abierta a la imaginación. El aula cede protagonismo al patio; la consigna, al juego; la evaluación, a la experiencia compartida.
El programa, impulsado a nivel nacional por la Administración Nacional de Educación Pública, apunta a sostener un espacio educativo durante el receso estival, especialmente significativo para miles de familias. En Colonia, ese objetivo se traduce en escenas concretas: niños que desayunan juntos, que juegan en grupo, que encuentran en la escuela un lugar seguro mientras el calendario marca vacaciones.
No hay titulares ruidosos ni grandes gestos. Hay algo más sutil y, tal vez, más duradero: la escuela como refugio de verano, como un espacio donde enero no es un paréntesis vacío, sino un tiempo vivo. En esos patios, mientras el calor avanza y el año parece detenido, la educación sigue respirando, en ojotas, a la sombra y con olor a recreo.



























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