El río, que separa y une, volverá a ser testigo. Del otro lado, desde Buenos Aires, cruzarán barcos cargados de banderas, vinchas y gargantas. De este lado, Colonia, con su estadio Suppici convertido en altar de concreto y pasto, abrirá las puertas mañana para recibir a La Renga. El regreso no es solo a una ciudad: es a Uruguay, después de catorce años sin tocar en Montevideo y más de un año de aquel rugido en el Parque Roosevelt.
Veinte mil personas —o quizá más— harán de la explanada un solo cuerpo en movimiento. Gustavo “Chizzo” Nápoli, Gabriel “Tete” Iglesias, Jorge “Tanque” Iglesias y Manuel Varela sabrán que no es un concierto: es un reencuentro. Y como todo reencuentro, se juega entre la nostalgia y la promesa.
A las cinco de la tarde, la música comenzará a correr como vino nuevo en copas viejas. Los primeros acordes no serán de ellos, sino de E.N.T.E, un grupo coloniense que lleva apenas cinco años y que mañana, ante un público inabarcable, probará el vértigo de abrir para una banda mítica. “Es un sueño hecho realidad”, dijeron sus integrantes. Para muchos será también un sueño colectivo: ver a los de acá compartir escenario con los de siempre.
La Renga llega con Alejado de la red (2022) bajo el brazo, pero con la certeza de que lo que esperan sus fieles son himnos de otra época: El revelde, La balada del diablo y la muerte, El final es en donde partí. Canciones que se repiten en cada fogón, en cada ruta, en cada madrugada, y que en un estadio se convierten en misa laica de tres horas.
Las entradas aún se consiguen, pero no se compran: se conquistan. En Redtickets, en Redpagos, en un local de Arte Infernal en Buenos Aires. Porque para quienes siguen a la banda, llegar al recital ya es parte del ritual.
Mañana, el Suppici dejará de ser un estadio. Será un río paralelo, hecho de cuerpos, voces y guitarras. Y La Renga, una vez más, cruzará esa frontera invisible entre escenario y público, como si nunca hubiera existido.



























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