En Carmelo no hay Alpes ni terrazas con vista a cordilleras. Hay río, veredas desparejas, negocios chicos, carteles repetidos y conversaciones que se cruzan siempre con los mismos temas. Y sin embargo, muchas de las preguntas que se hace el filósofo francés Gilles Lipovetsky también se cuelan acá, sin pedir permiso.
Vivimos en una ciudad pequeña, pero no aislada del mundo que describe la llamada hipermodernidad. El consumo, la estética, la velocidad, la tecnología y la inseguridad no son fenómenos lejanos: están presentes, aunque adopten formas más domésticas.
El algoritmo también llegó a Carmelo. Está en los teléfonos, en las recomendaciones, en las compras online, en la música que suena, en los videos que se repiten. Pero, como señala Lipovetsky, eso no define lo esencial de la vida. Acá, como en cualquier parte, lo que pesa sigue siendo el trabajo, los vínculos, las decisiones cotidianas, la política entendida como convivencia.
En una ciudad donde todos se conocen, la identidad no pasa tanto por lo que se consume, sino por cómo se vive. Por si se participa o no. Por si se cuida o no el espacio común. Por si se acepta todo como viene o se intenta cambiar algo, aunque sea poco.
Lipovetsky habla del exceso, del kitsch, de lo superficial convertido en estructura. En Carmelo eso no se manifiesta en rascacielos dorados ni en ciudades copiadas, pero sí en otras cosas: en obras sin planificación, en gestos grandilocuentes que duran menos que el cartel que los anuncia, en la repetición de soluciones parciales que maquillan problemas de fondo.
También aparece el miedo, ese otro gran rasgo de nuestra época. Miedo al futuro, a que los jóvenes se vayan, a que el trabajo falte, a que la ciudad quede detenida en el tiempo. Una vulnerabilidad silenciosa que convive, paradójicamente, con más herramientas tecnológicas que nunca.
Pero el filósofo insiste en algo que vale la pena rescatar para la escala local: la tecnología no decide por nosotros. No lo hace en las guerras, no lo hace en la vida íntima, no debería hacerlo en la vida cívica. Las decisiones siguen siendo humanas. Y eso, en una ciudad como Carmelo, es una oportunidad antes que una amenaza.
Pensar desde acá implica aceptar que no todo depende del consumo, ni de la estética, ni de la novedad permanente. Implica volver a poner el foco en lo que importa de verdad: qué ciudad queremos habitar, cómo nos tratamos, qué lugar ocupa la verdad en la conversación pública, cuánto valor le damos a los hechos frente al ruido.
Lipovetsky defiende el papel de la prensa como espacio donde los hechos todavía importan. En una ciudad chica, eso es clave. No para polarizar, sino para evitar que dejemos de hablarnos, que es quizás el riesgo más grande.
Carmelo no está fuera de época. Está dentro de ella, con sus propias contradicciones. Y tal vez ahí esté la enseñanza más útil: no hace falta cambiar el mundo para empezar a vivir de forma más auténtica, ni esperar grandes revoluciones tecnológicas para tomar decisiones más humanas.
Pensar el mundo desde Carmelo no es achicar la mirada.
Es, tal vez, volverla más precisa.



























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