En la puerta del almacén, en la farmacia, en el taller mecánico, una hoja blanca pegada con cinta: “Cerrado por carnaval”. Letras a veces prolijas, a veces apuradas. Una frase breve que interrumpe la rutina del pueblo.
No dice “volveremos en breve”. No promete atención virtual. No ofrece un número alternativo. Dice cerrado. Y agrega un motivo que no necesita explicación.
En tiempos donde todo tiende a estar disponible —las tiendas, los servicios, las respuestas, las personas— ese cartel funciona como una pausa. Durante unos días no se vende, no se factura, no se responde. Se suspende la lógica del rendimiento continuo. El tiempo deja de medirse en productividad.
Detrás de ese feriado no hay simplemente ocio. Hay una alteración del orden cotidiano. El carnaval no es descanso silencioso; es desborde, tambor, máscara, risa, comunidad. Es un tiempo que no se organiza alrededor de la utilidad sino del encuentro. No se trata de “recargar energías para volver mejor”, sino de habitar otra intensidad.
El cartel supone algo más profundo: que todos entienden. Que no hace falta justificar la interrupción. Que el pueblo entero comparte ese ritmo distinto. La economía se repliega y emerge otra forma de circulación: cuerpos en la calle, vecinos que se reconocen, música que reemplaza al ruido de la caja registradora.
En una época donde incluso el ocio se planifica y se optimiza, cerrar por carnaval puede ser una pequeña declaración. No todo está abierto siempre. No todo está al servicio de la eficiencia.
La hoja blanca pegada en el vidrio dice, en su sencillez, que hay días en los que el tiempo no pertenece al trabajo.
Y eso, aunque dure apenas unas jornadas, cambia la respiración de un lugar.



























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