Llegamos a este mundo bastante complicado. No es una frase solemne: es casi una constatación doméstica. En Carmelo, como en tantas ciudades medianas del país, algo se ha desplazado en silencio. Los rituales se adelgazan, la vida comunitaria pierde espesor y la experiencia de la fe —incluso para quienes no se nombran creyentes— aparece muchas veces como último refugio cuando todo lo demás falla.
Al Padre Ignacio Muñoz se lo busca, sobre todo, para eso: para hablar. Para ser escuchado. Para escuchar. Sacerdote, vecino, caminante cotidiano de una ciudad que conoce por nombre propio, Ignacio piensa la Iglesia no como una institución abstracta, sino como un espacio concreto de presencia en medio de la fragilidad social. La entrevista avanza sin apuro, como suelen avanzar las conversaciones que importan: capa sobre capa, del problema material al desgarro íntimo, de la política a la espiritualidad, de la ciudad a la condición humana.
—¿Cuáles son hoy las principales demandas sociales que llegan a la Iglesia en Carmelo? ¿Y cómo se articula el trabajo pastoral con las situaciones de vulnerabilidad?
—Desde mi punto de vista, que es absolutamente opinable, las demandas más fuertes hoy son dos: la escucha y el alimento. La escucha, en un sentido muy amplio. Uno escucha confesiones, charlas, visitas a familias, pero hay mucho tiempo dedicado simplemente a escuchar a personas que piden hablar con un sacerdote por temas que no son estrictamente religiosos. Son cuestiones emocionales, psicológicas, de contención.
La gente busca una figura de referencia. ¿Por qué van a hablar con el cura y no con el comisario, o con otra persona? Porque hay una inquietud espiritual, aunque no siempre esté formulada así. Hay una búsqueda.
—Eso habla también de una sociedad que escucha poco.
—No sé si es que no nos escuchamos o que no hay tiempo ni espacio para la escucha. El ritmo de vida, lo urgente, va desplazando lo importante. Y esto nos pasa a todos. Diciembre, por ejemplo, es un mes donde todo se intensifica: las fiestas, la familia, los balances personales. El calendario nos impone una línea de corte, un “pasa raya”, y eso remueve muchas cosas interiores: el sentido de la vida, la relación con los otros, con lo divino.
—Usted insiste mucho en marcar límites: qué puede y qué no puede hacer un sacerdote.
—Sí, porque es fundamental no confundir los ámbitos. Yo no soy psicólogo ni asistente social. Puedo dar un consejo, una mirada desde afuera, acompañar espiritualmente, pero no soy un solucionador de problemas. El aporte de la Iglesia es específico: mostrar la cercanía de Dios, ofrecer un acompañamiento espiritual. Cuando la Iglesia pierde ese horizonte y se mete en lo que no le corresponde, se desdibuja.
—¿Y el alimento?
—La comida es básica. Junto con la escucha, es una de las demandas más concretas. También los pasajes: gente que necesita viajar a Colonia, a un médico, a un hospital. Son necesidades muy materiales, muy simples, pero urgentes.
—En ese trabajo social aparece siempre el riesgo de la politización. ¿Cómo se maneja esa tensión?
—Yo soy muy cuidadoso con la política partidaria. Ahora bien, el sacerdote es, quiera o no, un actor político en el sentido original del término: alguien que se preocupa por la ciudad, por la vida común. Eso forma parte de la tarea.
Lo que no corresponde es la identificación partidaria. El sacerdote tiene que poder atender a todos, porque la comunidad es plural. La acción social de la Iglesia se sostiene con fondos propios, con donaciones, con el trabajo de los laicos. Muchas veces yo ni siquiera me entero de todo lo que hacen.
—Usted no coincide con la idea de que el sacerdote pueda manifestar simpatías políticas.
—No. Creo que la neutralidad es necesaria. No porque uno no tenga opinión, sino porque el rol exige cuidar a toda la comunidad. Eso no impide el diálogo con las autoridades. Al contrario: es fundamental.
—Usted suele poner como ejemplo lo vivido durante la pandemia.
—Sí. En Rosario, por ejemplo, nunca se dejaron de celebrar misas presenciales. Se dialogó con las autoridades, se buscaron puntos intermedios. Acá, en Carmelo, durante más de un año no hubo misas. Son lecturas distintas de una misma realidad. El diálogo —político en el sentido amplio— permite contemplar la situación humana concreta, no solo la norma.
—Hoy uno de los temas más sensibles es la inseguridad. ¿Cómo acompaña la Iglesia ese debate?
—No hay una posición tomada. Y tampoco me creo capacitado para dar soluciones técnicas. Vivo la inseguridad como cualquier vecino. Me preocupa que se ponga el foco solo en la represión. Me falta escuchar la otra voz: la de quienes delinquen, la de sus familias. No para justificar, sino para entender. ¿Por qué se ha generalizado la violencia? ¿Qué falló como sociedad?
—En estos debates suele faltar la mirada espiritual.
—Sí. Hay una tendencia a psicologizar todo. Y la Iglesia tiene una tarea que muchas veces no se visibiliza: centros de rehabilitación, pastoral penitenciaria, acompañamiento a presos y a sus familias. Y, algo importante: muchas de las personas que piden ayuda no son practicantes, no están integradas a la vida eclesial. Pero igual vienen. Porque hay una inquietud espiritual.
—¿Qué dice eso sobre nuestra época?
—Que hay mucha soledad. En los ancianos, en las familias. Y que, aunque los rituales cambien o se pierdan, la necesidad de sentido sigue ahí. La gente sigue buscando.
La entrevista termina, pero no se cierra. Afuera, Carmelo sigue su ritmo: motos, veredas, conversaciones a media voz. Adentro queda la sensación de que, en un mundo que corre, todavía hay lugares donde alguien se sienta a escuchar. Y que, quizás, esa sea una de las formas más persistentes —y más frágiles— de la fe hoy.


























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