Hay gestos que parecen pequeños y, sin embargo, son profundamente simbólicos. En abril de 2012, hace ya trece años, una delegación de 170 estudiantes y docentes de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires (UBA) eligió la ciudad de Carmelo como objeto de estudio.
No fue una excursión ocasional. Fue una decisión, pensada, metodológica, cultural: caminar sus calles, estudiar su geografía, levantar maquetas, mirar con otros ojos aquello que para nosotros puede pasar desapercibido.
Y, sin embargo, aquella presencia apenas fue notada. Solo el entonces alcalde los recibió en el puerto, en un gesto solitario y digno. El resto fue silencio: ni una agenda compartida, ni una conexión con las instituciones culturales del país.
La actividad académica culminó meses después con una muestra en la Universidad de Buenos Aires. Allí se presentaron trabajos inspirados en Carmelo, ante un público que probablemente nunca había estado en la ciudad. Y desde este lado, nadie fue a verlo.
No se trata de una deuda con los visitantes. Se trata de una oportunidad no aprovechada para mirarnos desde otra perspectiva. Porque cuando alguien elige nuestro lugar para pensar, estudiar, comprender, esa elección también nos da la posibilidad de descubrirnos. De saber qué proyectamos hacia afuera. De dialogar.
La experiencia del taller AVB —cuyo enfoque se centra en la arquitectura como expresión cultural rioplatense— propuso una idea potente: “Una ciudad – dos orillas”. La metáfora era exacta. El arroyo de las Vacas divide y estructura Carmelo. Pero también hay otras orillas más sutiles: las que separan el hacer del comunicar; el ocurrir del registrar; el ser del reconocerse.

Esta editorial no quiere lamentar, sino señalar. No reprocha, invita. Porque mirar hacia atrás también puede servir para ajustar el foco hacia adelante. Preguntarnos, con honestidad y sin culpas, qué tipo de vínculos cultivamos con quienes se acercan desde la cultura, el arte o el conocimiento. Y si estamos lo suficientemente abiertos —como ciudad, como comunidad— a escuchar esas miradas externas que a veces logran ver lo que nosotros ya no.
No siempre tendremos 170 estudiantes dispuestos a cruzar el río para estudiarnos. Pero cuando ocurra —y ojalá vuelva a ocurrir—, sepamos al menos estar presentes. Porque las ciudades no solo se construyen con ladrillos. También con memoria, con diálogo y con la capacidad de estar atentos, entre todos.
Fotografía collage: Taller en la UBA con maquetas de Carmelo.




























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