Cada año, por el Día del Padre, se repite el mismo ritual: promociones en vidrieras, desayunos con tarjetas de colores y alguna que otra reflexión sentimental. Psicólogos y comerciantes suelen ser los primeros consultados. Pero hay una pregunta más honda que aún espera respuesta: ¿qué es ser padre en 2025?
Y, sobre todo, ¿qué implica ser padre en un lugar como Carmelo, una ciudad de poco más de 19.000 habitantes, donde todos se conocen, donde el afecto y la vigilancia social conviven, muchas veces, en la misma cuadra?
La paternidad bajo presión
Ser padre ya no es lo que era. La figura distante, proveedor silencioso, va quedando atrás. Hoy se espera que el padre escuche, cuide, participe y resuelva. Pero también que no se equivoque. Y eso, en un mundo tan cambiante como imprevisible, es casi una contradicción.
El filósofo Éric Sadin habla del “fin de un mundo común”, de la pérdida de coordenadas compartidas. En esa fragmentación, ser padre es también lidiar con una pregunta constante: ¿desde dónde educar cuando ya no hay certezas?
Cuando el control lo ejercen las pantallas
Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una “sociedad del cansancio”, marcada por la hiperexposición, la transparencia obligada y la autoexplotación. En ese contexto, el padre ya no vigila desde la puerta, sino que es vigilado junto a sus hijos por algoritmos invisibles.
El control ya no está en el hogar, sino en los dispositivos. ¿Quién regula los contenidos que ve un niño? ¿Cómo compite un padre con la velocidad emocional de TikTok o con los estímulos infinitos de YouTube?
El problema no es solo qué límites poner, sino cómo preservar la presencia y el vínculo.
Ser padre sin perderse en lo digital
El filósofo Yuk Hui, con su propuesta de “tecnodiversidad”, sugiere que es posible otra relación con lo digital: más plural, más orgánica. Su idea se puede traducir a la paternidad como un acto de resistencia a la homogeneización afectiva.
Ser padre, hoy, podría ser eso: mantener la singularidad, enseñar a no responder siempre igual, mostrar que el afecto no se mide por emojis ni por tiempos de pantalla.
Paternidades bajo la lupa de los otros
En ciudades como Carmelo, donde la cercanía es una forma de cultura, ser padre también es vivir observado. No por drones ni cámaras, sino por vecinos, familiares y conocidos. El “qué dirán” aún pesa.
Allí, ser padre es también aprender a serlo con humildad. A veces en silencio. A veces con miedo. Pero siempre con la conciencia de que no se es padre solo frente a un hijo, sino también frente a una comunidad que opina y juzga.
Una nueva ética de lo paterno
La filosofía, la psicología y la sociología coinciden en algo: hoy, más que autoridad, el padre necesita escucha. Más que certezas, presencia. Más que respuestas, tiempo.
“Ser padre hoy es estar sin saber, cuidar sin invadir, acompañar sin controlar”, dice una psicóloga local.
Y en un mundo donde todo pasa tan rápido, quizás eso —estar— sea el mayor legado posible.


























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