Hay ciudades que uno cree saber de memoria. Ciudades que parecen agotadas por la costumbre: la misma calle, la misma esquina, el mismo puente, la misma luz sobre el río. Carmelo suele producir esa ilusión. Quien vive allí cree haberlo visto todo. Pero a veces aparece un pintor y recuerda que mirar no es lo mismo que ver.
El profesor y pintor Pablo Ferrari presentó este viernes 29 de mayo, a las 19 horas, en la sala “Eraldo Bouvier” del Archivo y Museo del Carmen, su muestra “Equivalencia”. La exposición reúne óleos sobre tela y propone, desde la pintura, una pregunta sencilla y profunda: ¿qué ocurre cuando volvemos a mirar aquello que creíamos conocido?
La muestra no se instala únicamente en Carmelo, aunque Carmelo aparece como una presencia inevitable. También hay otras ciudades, otros paisajes, otros desplazamientos. Pero el centro emocional y visual parece volver una y otra vez a esa ciudad de orilla, a sus formas reconocibles, a sus puntos de referencia y a ese modo particular en que los lugares familiares pueden volverse extraños cuando alguien cambia apenas el ángulo de observación.
Ferrari trabaja justamente sobre esa operación: desplazar la mirada. No se trata solo de pintar un paisaje, sino de interrogar desde dónde se lo mira. En su planteo aparece una preocupación contemporánea: la transformación de la atención en tiempos de pantallas, teléfonos, cámaras, drones y estímulos constantes. La mirada actual ya no se posa del mismo modo. Salta, compara, interrumpe, registra, vuelve, se pierde. El público mira una obra y al mismo tiempo sostiene un celular. Está en la sala, pero también en otra parte.
Lejos de entender esa distracción como una simple pérdida cultural, Ferrari parece leerla como una condición de época. No mira al espectador contemporáneo con nostalgia ni con condena. Lo ubica en un nuevo ecosistema visual, donde las obras, las tecnologías y los hábitos de percepción se modifican mutuamente. La pregunta, entonces, no es solo qué vemos, sino cómo hemos aprendido a mirar.
En ese punto, “Equivalencia” funciona como una muestra sobre la pintura, pero también sobre el presente. La aparición de nuevas perspectivas, como las imágenes aéreas de los drones, altera la relación con el territorio. Lo que antes solo podía verse desde el suelo, desde la caminata, desde la altura humana, ahora puede observarse desde ángulos casi imposibles. Para un pintor, esa nueva mirada puede ser una oportunidad, pero también una crisis. Porque si una ciudad puede verse desde cualquier punto, la pintura debe volver a preguntarse cuál es su lugar.
Carmelo, visto desde arriba, ya no es exactamente el mismo Carmelo de la memoria. El río cambia de escala. Las calles se ordenan de otro modo. El Puente Giratorio deja de ser solamente una presencia cotidiana y pasa a integrarse en una trama visual más amplia. Ferrari parece detenerse ahí: en el instante en que el ojo reconoce algo, pero al mismo tiempo duda de lo que reconoce.
Uno de los núcleos de la muestra se vincula con la figura de su padre, Rogelio Ferrari, también pintor y profesor, recordado por generaciones de estudiantes carmelitanos. Esa presencia introduce una dimensión íntima y cultural. No aparece solo como referencia familiar, sino como parte de una genealogía de la mirada. Hay una transmisión posible entre padre e hijo, entre docentes, entre artistas, entre una ciudad y quienes la enseñaron a mirar.
En esa línea, la muestra también se descentra hacia el Puente Giratorio. Allí el ojo del pintor parte desde el nuevo edificio ubicado en sus orillas y reorganiza una escena conocida. El puente, tantas veces mirado como postal o como símbolo, aparece nuevamente disponible para la pregunta artística. ¿Cuántas veces puede verse un mismo lugar antes de dejar de verlo? ¿Qué debe ocurrir para que el paisaje cotidiano vuelva a tener misterio?
La respuesta de Ferrari no parece estar en el gesto espectacular, sino en la insistencia. Pintar al óleo sobre tela, en una época dominada por la velocidad digital, es también una forma de resistencia tranquila. La pintura exige otro tiempo. Obliga a detenerse. No compite con la pantalla en velocidad, sino que propone otra relación con la imagen: más lenta, más corporal, más atenta a la materia y al procedimiento.
Por eso “Equivalencia” no debe leerse solamente como una exposición de paisajes. Es, sobre todo, una invitación a revisar el acto de mirar. A pensar qué hace la tecnología con nuestra percepción. A preguntarse qué queda de una ciudad cuando cambia la altura desde la que la observamos. A volver sobre Carmelo no como un decorado ya sabido, sino como un territorio todavía capaz de producir preguntas.
En ese marco, el Archivo y Museo del Carmen vuelve a ocupar un lugar central en la vida cultural de la ciudad. La sala “Eraldo Bouvier” no funciona únicamente como espacio de exhibición, sino como un lugar de conversación. Allí las muestras no se agotan en la contemplación de una obra: abren temas, habilitan lecturas, cruzan memoria, arte, historia local y pensamiento contemporáneo.
La labor del grupo gestor del Archivo y Museo del Carmen merece destacarse justamente por eso. En una ciudad donde muchas veces la cultura depende de esfuerzos sostenidos, discretos y colectivos, el museo ha logrado consolidar un espacio abierto, activo y necesario. No solo preserva memoria. También produce presente. Convoca artistas, recibe públicos, propone discusiones y mantiene viva una idea esencial: una comunidad también se construye alrededor de los lugares donde puede pensar.
“Equivalencia” se inscribe en esa línea. Una muestra que parte de la pintura, pero termina hablando de algo más amplio: la forma en que una ciudad se mira a sí misma. Carmelo está allí, aunque no sea el único tema. Está en sus puentes, en sus orillas, en su memoria docente, en sus perspectivas nuevas, en sus imágenes heredadas y en ese pequeño sobresalto que ocurre cuando alguien nos muestra que lo conocido todavía puede volverse desconocido.
Tal vez ese sea el mayor mérito de la exposición de Pablo Ferrari. No ofrecer una respuesta cerrada, sino devolverle al espectador una pregunta. Y hacerlo desde el óleo, desde el oficio, desde la atención puesta sobre aquello que estaba delante de todos. Mirar Carmelo otra vez. Mirarlo distinto. Mirarlo como si todavía no lo hubiéramos terminado de ver.

























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