Al inicio de esta Cuaresma estamos celebrando que Dios sigue confiando en nosotros, que nos propone un camino de conversión. Y Dios, que siempre es tan bueno con nosotros, nos permite estos cuarenta días de reflexión, de pausa, aunque nosotros podamos pensar: “¡justo ahora que se inicia el año y que todo empieza a acelerarse con las clases, etc!”.
Y sí, ¿pero qué es lo más importante? Lo más importante es hacer lo que Dios Nuestro Señor nos pide y a lo que nos invita. Pero, como a veces vemos entre grises, no es tan fácil ser embajador de Cristo en este tiempo y en este mundo.
Dejémonos reconciliar con Dios, es una exhortación que nos hace el apóstol Pablo. Porque sin la reconciliación, ¿a dónde vamos? Vamos al precipicio.
Este camino espiritual comienza el Miércoles de Ceniza, que ya hemos celebrado. Lo importante no son las cenizas, las cenizas son un signo visible de lo que debe suceder en nuestro interior; lo importante es la actitud interior que adoptemos en este tiempo de Cuaresma, esa actitud de cambiar interiormente. No como aquel pueblo que cree que está salvado, que ya está, pero se va olvidando de Dios, al cual vamos sacando de nuestro corazón, donde tiene que estar siempre.
Por eso, las cenizas que son apariencia, no son tan importantes, sino lo que sucede en nuestro interior, teniendo nuestro corazón marcado con esa actitud de humildad de reconocer que somos polvo y al polvo volveremos. Los restos propios de la carne son las cenizas, por lo cual se entiende la caducidad del hombre, que este mundo es pasajero, y por lo tanto la eternidad sólo la podremos alcanzar por la voluntad de Dios. De modo que nos quede claro lo limitado del tiempo, ya que no sabemos cuánto nos queda a cada uno de nosotros, en este mundo. No podemos decir: esto después lo voy a tratar, después me voy a ocupar.
Este tiempo de Cuaresma, es un tiempo de conversión del corazón y de la mente. Y los tres caminos posibles de la Cuaresma son: la oración, la limosna y la penitencia. En la oración encontramos a Dios, en la limosa encontramos al hermano, y en el ayuno, nos encontramos conmigo mismos.
Por eso, la conversión tiene que ver con regresar a Dios, porque al estar con Dios comprendemos mejor la relación con los demás, incluso uno mismo se comprende mejor. Este cambio, esta renovación espiritual que nos propone Dios en esta Cuaresma es la que pedimos para que nuestro corazón obre de acuerdo a lo que Dios quiere. Por eso el seguimiento de Cristo es un camino difícil, pero posible; tiene cruces, tiene penitencia, es claro.
Ahora bien, estas cruces y penitencia las debemos ver con la alegría de la Pascua, con la alegría de la vigilia del Sábado Santo cuando entremos a la iglesia con la luz encendida de la fe, el agua renovada del bautismo.
Aprovechemos este período de la Cuaresma para pedirle perdón y misericordia a Dios, pues ninguno de nosotros es perfecto ya que podemos tener caídas, pero siempre habrá un hermano que nos ayudará a levantarnos y seguir el camino.
Cuando pedimos perdón por el pecado, no sólo liberamos el alma, también sanamos heridas. Y nos abrazamos a ese Amor que es fiel, que está en la Cruz y que luego se hará presente en la sagrada Eucaristía.
Pidamos pues, en este tiempo de Cuaresma, al Señor por toda la Iglesia, por la conversión personal en primer lugar, y por cada uno de nosotros. Y si esa conversión se realiza, que sea en beneficio de los demás; y seamos realmente embajadores de Cristo junto a la comunidad.
Texto extraído de la homilía de Miércoles de Ceniza, Mons. Luis Eduardo González.
Catedral Nuestra Señora de las Mercedes, febrero de 2026


























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