En una fotografía reciente tomada en China, el presidente del PIT-CNT, Marcelo Abdala, aparece vestido de saco y corbata junto a dirigentes sindicales chinos. La imagen, en sí misma, no contiene declaraciones ni consignas. Sin embargo, activa una lectura inmediata: algo se desplaza en el imaginario.
Históricamente, la vestimenta del sindicalismo ha funcionado como una marca identitaria. Camisas arremangadas, ropa funcional, ausencia deliberada de trajes formales. No se trata solo de comodidad: es un código. Resulta difícil imaginar —por ejemplo— un acto del Primero de Mayo con un dirigente sindical uruguayo hablando de saco y corbata, del mismo modo que no es habitual ver a referentes sindicales rioplatenses vestidos de ese modo en reuniones gremiales en la calle Azopardo, en Buenos Aires.
Por eso la fotografía interpela. No porque contradiga un discurso, sino porque altera un sistema de signos.
La ropa no cubre: significa
En El sistema de la moda, Roland Barthes plantea que la vestimenta no debe pensarse como un objeto práctico, sino como un lenguaje. El vestido —escrito, fotografiado o usado— no comunica de forma espontánea: produce sentido dentro de un sistema cultural. No hay neutralidad posible. Incluso la supuesta “austeridad” es ya una forma de enunciación
Desde esta perspectiva, el traje no es simplemente un traje. Es una forma altamente codificada de presencia pública. En la cultura política occidental, el saco y la corbata remiten a institucionalidad, formalidad, representación, diplomacia. En el sindicalismo, en cambio, su ausencia ha funcionado tradicionalmente como un signo de cercanía con el mundo del trabajo manual, del cuerpo productivo, de la calle.
La imagen de Abdala vestido de traje no rompe ese código: lo suspende.
Lo que se ve y lo que no se ve
Barthes distingue entre lo visible del vestido y lo que el sistema cultural hace con él. En la fotografía, lo visible es claro: un dirigente sindical uruguayo vestido según un protocolo formal internacional, en sintonía con sus pares chinos. Lo que no se ve —pero se activa— es el desplazamiento del escenario. No es un acto sindical, no es una tribuna, no es una asamblea: es un espacio diplomático.
En ese marco, el traje deja de funcionar como signo de clase para convertirse en signo de rol. No dice “soy empresario” ni “soy burócrata”; dice “estoy aquí representando”. El sentido ya no está anclado en la identidad gremial, sino en la escena.
Vestirse según el contexto
En El sistema de la moda, Barthes insiste en que el significado del vestido no es fijo: depende de la situación, del entorno, del dispositivo que lo rodea.
Un mismo traje puede significar poder, distancia, adaptación o cortesía, según dónde y cuándo aparezca. En China, junto a dirigentes sindicales de otro sistema político y cultural, el traje puede leerse como un gesto de adecuación simbólica: una forma de entrar en un lenguaje común sin palabras. No hay ahí un mensaje explícito, sino una traducción visual.
El sindicalismo y sus imágenes
Las identidades colectivas también se sostienen en imágenes recurrentes. El sindicalismo ha construido, a lo largo del siglo XX, una estética propia: cuerpos visibles, ropa funcional, gestualidad directa. Esa estética no es natural: es una construcción histórica que ayudó a fijar un lugar en el espacio público.
Cuando esa imagen se altera —aunque sea circunstancialmente— no se produce necesariamente una contradicción, sino una pregunta. La fotografía no dice que el sindicalismo cambió; dice que el contexto cambió, y que el cuerpo que representa se adapta al escenario.
El traje como traducción
Ir de traje, en este caso, no parece ser una renuncia identitaria, sino una operación semiótica puntual: traducir presencia. Como sugiere Barthes, la vestimenta no expresa una esencia, sino una función dentro de un sistema de signos. El traje no habla de Abdala; habla del lugar en el que está.
Y eso, en términos culturales, es lo que vuelve potente a la imagen: no lo que afirma, sino lo que deja abierto.



























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