La directora de cine Victoria Ferrari llegó a Carmelo con Remar, una película que se estrena en diciembre en el Cine Teatro Uamá y que fluye como el agua: cuenta historias mínimas que reflejan una cultura entera construida sobre botes, silencios, barro y comunidad. Entre lo filosófico y lo social, este retrato del mundo del remo habla también de resistencias, herencias, cambios de rumbo y belleza líquida.
—¿Remar es ir hacia adelante mirando hacia atrás?
—Es una gran pregunta. Yo practico remo desde muy chica, y muchas veces salgo sola, sin timonel. En esas salidas, uno ve lo que deja atrás, no lo que viene. Me guío por la línea que deja el bote en el agua. Si esa línea va recta, sé que voy derecho. Para mí hay algo poético en eso. Hay un señor mayor, remero desde hace años, que me dijo: “Remar es meditar en movimiento”. Y es cierto. El no ver ayuda a concentrarse en otra cosa, en el presente. Es transformador.
—La película no es solo sobre deporte, ¿no?
—Para nada. El remo es la excusa para hablar de lo colectivo. Trabajar juntos, coordinar, sostenerse entre todos. El cine también es un acto colectivo. Y la película muestra eso: desde los clubes que resisten con esfuerzo, hasta los veteranos de 80 años que siguen remando. Lo que importa es que todos tiramos para el mismo lado. Eso también es político: remar contra la corriente, o a pesar de ella.
—¿Cómo surgió Remar?
—Hace diez años, con Luciano Zdrojewski, compañero en la Maestría de Periodismo Documental en la Universidad Tres de Febrero. Dijimos: algún día tenemos que hacer una película sobre remo. Y así fue. La filmamos en Tigre, pero refleja una realidad que se repite en muchas partes: clubes que resisten, historias de vida, el río como escenario y testigo.
—¿Qué historias cuenta?
—Son cuentos documentales. Tres amigos mayores que corren una regata de más de 70 kilómetros. Presidentes de clubes tratando de sostener instituciones que muchas veces no tienen recursos. Entrenadores que trabajan con sus hijos en pistas con cada vez menos agua y más basura. Un carpintero que busca maderas para seguir haciendo botes a mano. Todo eso lo une el archivo de Patricio Luzo, un periodista local que filmó regatas durante décadas. Su material conecta generaciones.
—¿Y el público cómo reacciona?
—La gente llora. Gente que nunca remó, que solo ve pasar botes desde la orilla, se emociona. Porque la película no es solo sobre remo, es sobre lo humano. Habla de comunidad, de persistencia, de pasar la posta. Es sencilla, hecha con un equipo muy talentoso, y financiada con un fondo del INCAA. Pero tiene alma. Y eso se nota.
—¿A quién le hablás con la película?
—A quienes no conocen este mundo. A los que ven el remo como algo ajeno. A quienes no saben lo que se vive en los clubes. También es una forma de denuncia: mostrar la contaminación, la falta de recursos, pero también la belleza de esos espacios que forman parte del patrimonio cultural y humano de nuestros países.
—¿Cómo es el río hoy, en tu experiencia?
—Allá en Tigre, el agua baja y está cada vez más sucia. Las fábricas tiran residuos, hay basura flotando. Es muy distinto a lo que vi en Carmelo, donde las playas están limpias, el río está cuidado. Eso me emocionó. Y me pareció importante decirlo: es un ejemplo.
—¿Cuál es el mensaje de fondo?
—Que nadie se salva solo. Remar es eso: un bote que avanza porque hay coordinación, esfuerzo, guía. En tiempos en que se exalta tanto lo individual, mostrar lo colectivo es una forma de resistencia. Como dijo una crítica allá en Buenos Aires, después de ver la película, Remar: nadie se salva solo.




























Comentarios