Hay ciudades donde el alma se esconde en las plazas o en los puertos. En Carmelo, en cambio, habita en las esquinas. No en las esquinas simbólicas, genéricas, de los poetas fáciles, sino en las otras: las concretas, las que tienen nombre y memoria. La de Zorrilla y 18 de julio, donde el viento cambia de tono. La de Leandro Gómez y Treinta y Tres, donde la sombra llega antes que el sol. La de Roosevelt y Atilio Francois , que parece más amplia.
Cualquiera que haya recorrido Carmelo a pie, sin apuro, sabe que no todas las esquinas son iguales. Algunas invitan, otras advierten. Algunas dan paso, otras retienen. Y unas pocas —las menos, pero las más intensas— parecen contener un pliegue del tiempo, como si uno pudiera doblar por ellas y volver a cruzarse con lo que ya no está: el primer cine, un beso de juventud, la silueta de alguien que se fue.
Tomás Eloy Martínez escribió que hay ciudades donde “todo lo que ha sido está ocurriendo todavía, en una dimensión paralela, invisible para los que no saben mirar”. Carmelo es así. A simple vista, sus esquinas son esquinas: cemento, cordón, alguna maceta. Pero si uno se detiene, si mira con los ojos del que recuerda lo que nunca vivió, esas esquinas revelan otra cosa. Un espesor narrativo. Una posibilidad.
Y fue precisamente Adolfo Bioy Casares quien imaginó a Carmelo no como un destino, sino como una salida: en su cuento Planes para una fuga al Carmelo, el autor argentino trazó una ruta secreta hacia el oeste, como si esta ciudad pudiera ser el último refugio de quienes escapan del mundo —o de sí mismos. En sus páginas, Carmelo no es escenario sino clave. No es excusa, es promesa.
En esta ciudad, con su escala de confidencia y sus silencios elegidos, una esquina puede ser un punto de fuga. En la de Paraguay e Irastorza, por ejemplo, a las cinco de la tarde, hay una luz que parece inventada por alguien que leía mucho a Borges. Y en la de Uruguay y Lavalleja, el ruido de las motos, los ruidos del supermercado y la pasada del ómnibus configuran una escena que podría repetirse eternamente.
Carmelo tiene esquinas que no se nombran como grandes referencias. Pero son brújula emocional. Cuando alguien dice “doblás donde estaba la ONDA ” o “en la esquina de Chidos”, no está dando una indicación: está invocando un fragmento de ciudad que persiste aunque ya no exista.
El peligro de las esquinas no está en el tránsito, sino en lo que podrían revelar si nos animáramos a verlas de frente. Porque una esquina es también una intersección entre lo que fuimos y lo que todavía podríamos ser. Y en Carmelo —donde las cosas no se gritan, se insinúan— eso es suficiente para que una esquina se convierta en literatura.


























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