Qué pregunta tan difícil.
Sí, hay gente que es capaz de hacer cosas que admiro.
Eso digo. Pero pienso en lo que no digo. Que un héroe —si es que existe— no siempre llega con uniforme ni historia. A veces está ahí, en un borde, entre el ruido del agua contra el muelle y el viento que anuncia tormenta.
Un héroe en Carmelo, por ejemplo.
Alguien que pudiera detener los barcos que se estrellaron contra el puente giratorio, como si sujetara el hierro con una mano firme. Un hombre o una mujer que llegue un minuto antes de que todo se quiebre. Que escuche lo que nadie escucha: el crujido de la madera, el roce del metal antes de la colisión, el ruido del agua subiendo.
Un héroe que, cuando la lancha comienza a hundirse, salte al agua sin saltar, o haga algo tan invisible y real que de pronto la lancha esté flotando, otra vez amarrada al puerto, como si nada hubiese pasado.
Alguien lo vio —dicen— en el puerto cuando una pasajera perdió el barco al Tigre.
Ella quedó varada, mirando la estela que se alejaba.
Él no dijo nada.
Solo la cruzó, y nadie supo cómo.
Cuando ella tocó la otra orilla, él ya no estaba.
Quizás ni siquiera fue real. Pero el recuerdo de ese gesto quedó como una sombra clara, como esas cosas que uno cree haber visto en medio del sueño.
Lo mismo con el hotel.
Después del viento, las ventanas rotas, las tejas voladas, el polvo en cada habitación.
Y, sin embargo, una mañana cualquiera, todo apareció en su sitio: los vidrios enteros, los pisos como nuevos, las paredes pintadas, las cortinas en su lugar.
Nadie sabe si alguien lo vio entrar.
Lo cierto es que quedó como si el abandono nunca hubiese pasado.
Y en la vieja fábrica, donde el óxido ya había ganado su guerra, las piezas volvieron a las estanterías. Las herramientas parecían recién compradas. Un olor a lácteos llenaba el aire, aunque nadie había abierto un envase en años.
Quizá mover un puente de hierro no sea tan difícil como movernos a nosotros.
Dejar de esperar que algo cambie, y empezar a cambiarlo.
Ese héroe —si existe— no viene a salvarnos.
Viene a empujarnos apenas.
Un centímetro. Un minuto antes de la caída.
Lo justo para que hagamos lo que debemos hacer.



























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