Por estos días, en Carmelo la comunidad católica vive con profundidad su espiritualidad. Pero más allá de la devoción visible, lo que late es una interrogación más amplia: ¿cómo se vive la fe en una época atravesada por pantallas, inmediatez y redes?
El padre Ignacio Muñoz, párroco de la comunidad carmelitana, no elude el desafío planteado esta mañana en Radiolugares; habla de espiritualidad, pero también de emojis; de procesiones y de streamings; de lo visible y de lo invisible. La conversación, centrada en los festejos de la Virgen del Carmen, se despliega como un mapa que conecta lo sagrado con lo cotidiano, lo ritual con lo digital, lo comunitario con lo individual.
¿Cómo se desarrollan las celebraciones de la Virgen del Carmen este año?
Estamos concluyendo la novena. Hoy celebramos las vísperas en el Santuario y luego trasladamos la imagen en procesión hasta la parroquia. La misa se realizará al llegar. Mañana, el pronóstico de lluvia nos obliga a decidir al mediodía si mantenemos o suspendemos la procesión.
¿Qué representa la procesión para los fieles?
María no camina con nosotros: va delante. Nos guía, nos muestra el camino hacia Dios. La imagen no es María, como una foto no es una persona, pero evoca su presencia. Es un signo visible de una realidad invisible.
¿Y esa energía que muchos sienten cuando la Virgen sale a las calles?
La llamamos vida espiritual. No es visible, pero está. La fe reconoce dimensiones invisibles: los ángeles, los santos, Dios mismo. Como el amor, que no se ve, pero se percibe en gestos concretos.
Este año hay indulgencia plenaria. ¿Qué significa eso?
Es el perdón pleno de las culpas si se cumplen ciertas condiciones: confesión, comunión, rezar el credo, asistir con devoción. La indulgencia no sólo cura la herida del pecado, como la confesión, sino que borra también la cicatriz.
¿Cómo impacta la tecnología en la vivencia de la fe?
Durante la pandemia, lo virtual fue necesario. Pero no sustituye lo real. Es como ver un asado por televisión: no es lo mismo que comerlo. La fe necesita lo físico: tocar una imagen, prender una vela, compartir una misa en comunidad.
¿Y para las nuevas generaciones, más conectadas que nunca?
No comparto del todo la idea de que viven sólo en lo virtual. Viajan, se abrazan, se enamoran. La dimensión emocional, psicológica y espiritual sigue exigiendo cercanía. Lo digital puede apoyar, pero no reemplaza la experiencia directa.
¿Se observa un alejamiento de la práctica religiosa?
Hay una menor participación institucional, sí. Pero la búsqueda espiritual persiste. No es solo un fenómeno religioso: ocurre también en otras organizaciones sociales. Cambiaron las prioridades. La gente ayuda por su cuenta, no necesariamente a través de instituciones.
¿Eso implica una sociedad más individualista?
Quizás. Pero más que individualismo, diría que hay un cambio en las formas de vincularse y de comprometerse. Las personas eligen cuándo y cómo participar. Y muchas veces no lo hacen desde la permanencia, sino desde lo puntual.
¿La virtualidad puede también acercar? Por ejemplo, a quien no puede salir de su casa.
Sin duda. Pero no tiene la misma intensidad. Ver una misa en YouTube no es lo mismo que comulgar. Ver un partido no es jugarlo. La virtualidad ayuda, pero tiene límites. No sustituye la presencia real, el encuentro, el abrazo.
En tiempos de redes sociales, ¿qué desafíos encuentra la Iglesia?
Las redes amplifican todo, incluso el anonimato y la crítica destructiva. Pero también permiten llegar a quienes están lejos. Debemos usar todos los medios posibles, sin perder de vista que lo esencial de la fe se transmite en el contacto humano, no en la pantalla.


























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