La ciudad respira lento, como si esperara algo. En las mañanas, el murmullo del puerto se mezcla con los pájaros de la Rambla y el ruido seco de una moto que sube por la calle Zorrilla. Hay una quietud que no es calma, es espera. A cinco años del último viraje institucional, Carmelo se enfrenta nuevamente a la pregunta que muchas ciudades intermedias del país no pueden esquivar: ¿qué queremos ser?
Modernizar, sí. Embellecer, también. Hacer más amable esta traza de esquinas viejas y casas bajas que aún murmuran historias de frontera. Pero ¿cómo? ¿Con qué visión? ¿Qué nos dicen los candidatos al Municipio de Carmelo? ¿Hay un plan o estamos, otra vez, ante relatos inconexos, promesas sueltas como hojas secas que el viento electoral se lleva?
En la era de las ciudades inteligentes, donde la tecnología se promete como tabla de salvación para todos los males urbanos —desde la basura hasta el transporte, desde la burocracia hasta la seguridad—, es necesario preguntarse si eso aplica a Carmelo. O mejor aún: cómo aplica.
Éric Sadin advierte que la «smart city» corre el riesgo de ser un modelo tecnocrático que elimina la dimensión humana, esa que se construye en las veredas, en la charla con el almacenero, en la vida que no se mide con sensores. Para Sadin, cuando se somete la ciudad a una lógica de eficiencia absoluta, se destruye su alma: “la ciudad deja de ser un espacio compartido para volverse una plataforma de gestión”. Carmelo, con su historia de patios abiertos, bodegas que se transforman, ríos que se cruzan en lancha, resiste esa lógica, aunque no siempre lo sepa.
Bifo Berardi, en cambio, propone otro enfoque. Habla del deseo, de la imaginación colectiva, de los afectos como motores de transformación. En ese sentido, el verdadero plan maestro no está en un Excel lleno de obras ni en renderizados de plazas con WiFi, sino en la capacidad de volver a imaginar lo que esta ciudad puede ser. ¿Una ciudad del cuidado? ¿Del arte? ¿Del río? ¿De los oficios? ¿Del silencio?
Los candidatos hablan —algunos más, otros menos— pero ¿nos escuchan? ¿Proponen o apenas administran? ¿Qué nos dicen sobre la movilidad, los espacios verdes, los jóvenes que se van, los viejos que se quedan? ¿Cómo piensan el turismo, la economía local, el acceso a la cultura? ¿Qué visión tienen para este territorio partido entre el pasado de los mitos fundantes y un presente que se disuelve sin que lo notemos?
Estamos, quizá, ante una oportunidad. Carmelo no necesita convertirse en una ciudad “inteligente” como Shenzhen. Necesita ser una ciudad sensible, viva, coherente. Con espacios para el bullicio y también para el silencio. Con planificación y con alma. Que no tape con cemento lo que podría florecer con sombra. Que piense en el peatón, en el niño, en el abuelo, en ese perro callejero que cruza la plaza todos los días a la misma hora y que tiene dueño.
Faltan semanas para la elección. Es tiempo de mirar, de preguntar, de exigir. Y sobre todo, de imaginar.



























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