Los terremotos que en los últimos tiempos se registraron en distintas partes del planeta vuelven a poner sobre la mesa una pregunta que en Uruguay aparece cada vez que el suelo se mueve en algún punto del país: ¿estamos realmente en una zona donde los terremotos no son un problema?
Para la geóloga y geofísica Leda Sánchez Betuccini, profesora agregada y directora del Instituto de Ciencias Geológicas de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, la respuesta requiere abandonar una idea instalada durante décadas.
Uruguay tiene actividad sísmica. La tuvo en el pasado y la sigue teniendo.
Eso no significa que el país enfrente las mismas condiciones que las regiones ubicadas en los límites de las grandes placas tectónicas. El riesgo es menor. El problema, según Sánchez, está en otro lugar: la vulnerabilidad de un país que prácticamente no construye pensando en movimientos del suelo.
En entrevista realizada en Radiolugares, la especialista repasó los antecedentes sísmicos de Uruguay, explicó qué ocurre bajo nuestros pies y puso especial atención sobre Colonia y el Río de la Plata, una región que cuenta con antecedentes históricos que justifican su monitoreo.
—En distintas partes del mundo se vienen registrando terremotos de magnitud importante. ¿Estamos ante hechos aislados o sucede algo diferente en el planeta?
—Lo que hemos visto, a excepción del sismo de Venezuela, es que estos eventos mayores a magnitud 7 que han ocurrido este año están vinculados al cinturón de fuego del Pacífico. Son zonas donde las placas chocan y donde tenemos la mayor sismicidad concentrada a nivel planetario.
En general siempre se dijo que hay uno o dos eventos de magnitud 7 o superior por año. Pero tenemos que mirar las placas desde el punto de vista geológico. Estamos hablando de procesos de millones de años.
Los terremotos, sismos o eventos sísmicos son términos que utilizamos para estos fenómenos. Los que estamos observando están vinculados principalmente al cinturón de fuego del Pacífico. El de Venezuela tiene otro origen, también relacionado con la tectónica de placas, pero no con un choque de placas.
—¿Existe alguna relación entre esta actividad sísmica y fenómenos climáticos como El Niño o el cambio climático?
—No. Estos son sismos naturales, terremotos tectónicos.
Existen eventos sísmicos antropogénicos que pueden estar vinculados al fracking, a la extracción excesiva de agua, a represas o a voladuras en canteras. Esos son generados por la actividad humana.
Pero los eventos sísmicos de los que estamos hablando ahora son naturales. El cambio climático corresponde a procesos atmosféricos y esto ocurre debajo de la superficie terrestre. Se debe al movimiento natural de las placas tectónicas que conforman el planeta.
—Vamos entonces a Uruguay. ¿Puede ocurrir acá un terremoto de magnitud importante?
—En regiones como la nuestra, ubicadas dentro de los continentes, han ocurrido eventos sísmicos importantes. Está, por ejemplo, el caso de Nueva Madrid, en Estados Unidos, donde hubo un terremoto de magnitud superior a 7 en el siglo XIX. Es una región como la nuestra: está dentro de una placa tectónica y alejada de los grandes límites entre placas.
En Uruguay, según nuestro catálogo histórico y los datos que hemos podido obtener, hubo al menos un evento en 1542 cuya magnitud suponemos que fue superior a 6, posiblemente de 6,3. También tenemos otros registros históricos cercanos a magnitud 5,5.
—Durante mucho tiempo se instaló la idea de que Uruguay era un territorio prácticamente inmóvil. ¿Los registros demuestran lo contrario?
—Sí. El evento de mayor magnitud que tenemos registrado instrumentalmente fue el de Florida. Afectó a todo el departamento y zonas cercanas y tuvo una magnitud de momento de 4,6.
Asociados a ese evento hubo otros dos en la misma línea, que estarían relacionados con la misma estructura geológica.
También tuvimos el evento de Atlántida, de magnitud 4,5. Y después tenemos otros eventos que son sentidos por la población. En general, cuando existe población cercana, pueden comenzar a percibirse a partir de determinadas magnitudes.
—Para una persona que no está familiarizada con estas escalas, ¿qué puede significar un sismo de magnitud 4,5 cerca de una ciudad?
—Para entenderlo podemos compararlo con un evento que ocurrió en Nápoles, de magnitud 4,5 o 4,6, similar a los nuestros. Hubo heridos y viviendas dañadas.
La magnitud representa la cantidad de energía que se libera en un terremoto. Después hay otros factores, como la profundidad, que también influyen.
Sabemos que terremotos de estas características pueden generar daños y por eso insistimos en enseñar a la población que estos fenómenos ocurren. Eso debería ir acompañado de una política de Estado sobre las infraestructuras edilicias: escuelas, liceos, hospitales, edificios.
Hay que conocer las características de esas construcciones y determinar si pueden soportar determinada aceleración o movimiento del suelo.
Los terremotos no matan. Mata lo que construye el hombre, que se te cae encima.
—Entonces, ¿el problema de Uruguay no es solamente la posibilidad de un terremoto, sino cómo están construidos nuestros edificios?
—Exactamente. Yo creo que ocurre algo con los políticos: entienden que si algo es de bajo riesgo, entonces no existe riesgo. Y no es lo mismo.
El riesgo es bajo, pero cuando analizamos el resto de los elementos involucrados encontramos que nuestra vulnerabilidad es muy alta.
No tenemos infraestructura construida específicamente para soportar movimientos sísmicos. En edificios altos se considera, por ejemplo, el efecto del viento, pero no tenemos una cultura de construcción destinada a soportar aceleraciones del suelo.
—¿Ya existen antecedentes de daños provocados por sismos relativamente pequeños en Uruguay?
—Sí. En el terremoto de Las Piedras de 2016, que fue de magnitud 3 y de poca profundidad, observamos daños menores.
Hubo rajaduras y grietas en paredes. Y hablamos de grietas, no simplemente de fisuras. Una grieta ya implica una ruptura de centímetros.
Eso es lo que nos preocupa porque nuestros terremotos pueden ser superficiales. Al estar más cerca de la zona de ruptura tienen una menor área de incidencia, pero dentro del área afectada el efecto puede ser mayor.
Entonces nos preguntamos: si con uno de magnitud 3 ocurrió eso, ¿qué pasa con uno de 3,5? ¿Qué sucede con uno de 4?
Esa es nuestra preocupación.
Colonia y un terremoto que sacudió el Río de la Plata
—¿Qué sabemos específicamente de Colonia? ¿La zona está monitoreada?
—Tenemos un equipo en Parque Anchorena que en este momento no está funcionando, pero tenemos otros cercanos de los que recibimos datos. Hay uno en Martín García y tenemos estaciones en Villa Soriano y Trinidad. De esa manera abarcamos el área alrededor de Colonia.
—¿Por qué es importante controlar especialmente esta región?
—Porque tenemos antecedentes. En 1888 ocurrió un evento sísmico importante frente a Colonia, entre Colonia y Buenos Aires. Se estimó una magnitud de 5,5.
Ese terremoto generó un seiche, un movimiento del agua que podemos imaginar como el que ocurre dentro de una piscina. En este caso tenemos las costas de Argentina y Uruguay.
Además está la descripción del evento de 1542. Según los registros históricos, quienes se encontraban en la región lo documentaron y había embarcaciones en la desembocadura del arroyo San Juan.
Suponemos que ese fue el mayor evento ocurrido en la región.
Los terremotos no tienen fronteras. Están asociados a estructuras geológicas. Por eso es una zona que resulta importante monitorear.
—¿También debería reforzarse el monitoreo donde existe mayor concentración de población?
—Sí. Montevideo, Ciudad de la Costa y toda la región costera tendrían que tener una densidad mayor de equipos.
Tenemos estaciones en distintos lugares del territorio, entre ellos Santa Teresa, Piriápolis, Aiguá, Canelones y Montevideo.
Una red de 27 estaciones sin presupuesto específico
—Uruguay cuenta con una red sismológica. ¿Con qué recursos funciona?
—Nosotros no tenemos presupuesto. No tenemos un presupuesto específico de la Universidad de la República ni del Estado para esto.
Tenemos una red sismológica con 27 estaciones. La mayor parte fue adquirida con fondos del Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas, Pedeciba Geociencias.
Podemos sostener parte de la red gracias al Ejército Nacional, que permite instalar estaciones en cuarteles, y también trabajamos con el Instituto Geográfico Militar.
Pero necesitamos mantenimiento. Los equipos se queman, se rompen y dejan de funcionar. También he comprado equipos para poder sustituirlos.
Seguimos prácticamente igual que hace diez años.
—¿Eso significa que el Estado no ha mostrado interés?
—Por lo menos no ha dado demasiadas señales.
Sí tuvimos una solicitud del Ministerio de Ambiente para generar una línea de base en la zona donde se proyecta instalar la presa de Casupá. Instalamos allí tres sismómetros. Eso sí es una señal de una parte del Estado.
—¿Existe algún avance para incorporar criterios antisísmicos a la construcción en Uruguay?
—Con arquitectos estamos trabajando en la elaboración de una normativa, una norma UNIT para la construcción.
Tenemos un documento que estamos mejorando y la idea es presentarlo.
«Tenemos una red bastante robusta, pero faltan equipos»
—¿Qué debería hacer Uruguay para conocer mejor su actividad sísmica?
—Nosotros cumplimos con mantener una red sismológica nacional bastante robusta, aunque obviamente nos faltan cosas.
Muchos de los equipos que hemos adquirido son de bajo costo. Necesitamos equipos más robustos y una mayor distribución en el territorio.
Nuestro objetivo actual es tratar de determinar cuáles son las áreas donde existe una mayor recurrencia de actividad sísmica.
—¿El Sistema Nacional de Emergencias trabaja con ustedes?
—He participado en actividades del Sinae durante períodos anteriores. En este período no hemos tenido demasiado contacto. He intentado reunirme con su director, pero hasta ahora no se ha concretado.
—¿Cuál fue el último movimiento detectado en Uruguay?
—Mientras estábamos haciendo tareas de mantenimiento en febrero detectamos un evento cercano a la localidad de Cayetano, en Salto, de magnitud 2,1. Es el último que hemos procesado.
Lo detectamos prácticamente en tiempo real, un par de horas después de ocurrido.
—¿La red genera una alerta automática cuando ocurre un movimiento?
—No. Tengo que estar controlando los registros. La estación no me avisa automáticamente.
Uruguay está lejos de los grandes límites de placas que concentran los terremotos más potentes del planeta. Eso reduce el riesgo, pero no convierte al país en un territorio inmóvil.
Los registros históricos mencionados por Sánchez incluyen un posible terremoto superior a magnitud 6 en el siglo XVI y otro estimado en 5,5 en el Río de la Plata en 1888. Los instrumentos modernos, además, han registrado eventos como los de Florida y Atlántida.
Para la especialista, por lo tanto, la discusión no consiste en pronosticar cuándo ocurrirá el próximo terremoto —algo que la ciencia no puede establecer de esa manera—, sino en conocer mejor el territorio, mantener una red de monitoreo adecuada y reducir la vulnerabilidad de las construcciones.
Porque la pregunta relevante no es solamente si Uruguay puede volver a moverse.
Es qué ocurriría si lo hace con mayor intensidad.

























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