Las calles de Rosario volvieron a latir al ritmo de tambores y lentejuelas. El domingo, el tradicional Corso pichonero reunió a miles de vecinos que, entre mascaritos, comparsas y batucadas, reafirmaron una identidad que la ciudad sostiene desde hace más de seis décadas.
El desfile contó con la presencia del intendente de Colonia, Guillermo A. Rodríguez; la alcaldesa Daniela Amed; el senador Nicolás Viera; el diputado Mario Colman; el director de Descentralización de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, José Manuel Arenas, además de concejales, directores de la Intendencia y otras autoridades departamentales.
Pero el verdadero protagonista fue el público. Familias enteras ocuparon veredas y esquinas desde temprano, mientras los niños corrían detrás de los mascaritos y los mayores comentaban, mate en mano, los trajes y las coreografías. El corso avanzó como una ceremonia colectiva, con ese aire bohemio que distingue al carnaval rosarino y lo convierte en una marca cultural propia.
La alcaldesa Amed definió la jornada como su día preferido y destacó que el Corso pichonero “marca la identidad del carnaval rosarino”, por el colorido de sus agrupaciones y la permanencia de una tradición que ha atravesado generaciones. Subrayó además la programación artística, el número de comparsas y el acondicionamiento de calles y espacios públicos, y señaló que la organización se profesionaliza año tras año.
El intendente Rodríguez afirmó que la convocatoria no lo sorprendió, dado que “el pueblo pichonero siempre responde”. Señaló que el departamento vive por estos días múltiples celebraciones de carnaval y que la actividad genera oportunidades de trabajo para numerosos vecinos. Resaltó, en particular, el perfil tradicional del corso de Rosario, con sus mascaritos, batucadas y comparsas, como una expresión cultural que trasciende lo festivo.
En Rosario, el carnaval no es solo una fiesta: es una memoria compartida que vuelve cada febrero para recordarle a la ciudad quién es y de qué está hecha.



























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