En La inteligencia artificial o el desafío del siglo, Éric Sadin pone el foco en tecnologías que ya no solo ayudan: también ordenan, evalúan y empujan decisiones. En Colonia, esa discusión dejó de ser lejana y empezó a rozar el trabajo cotidiano.
La inteligencia artificial suele entrar en escena con buena prensa. Se la presenta como una herramienta para ganar tiempo, ordenar tareas y mejorar resultados. Suena bien. Suena moderno. Y, sobre todo, suena útil.
Pero cuando esa promesa baja al terreno del trabajo, la conversación cambia.
En el departamento de Colonia, información recabada para este análisis indica que ya hay empresas que utilizan inteligencia artificial para medir la productividad de sus empleados, seguir tiempos de trabajo y detectar períodos ociosos. Dicho de otro modo, parte de la discusión ya no pertenece al futuro ni a las grandes capitales: empezó a colarse en la rutina laboral de aquí.
Por eso el libro La inteligencia artificial o el desafío del siglo, del filósofo francés Éric Sadin, resulta menos lejano de lo que parece. El autor no se detiene en el costado más espectacular de la tecnología. No habla de robots de película ni de un mañana desbordado de máquinas. Habla de algo más silencioso y, por eso mismo, más difícil de ver: sistemas que pasan de asistir a evaluar, de evaluar a corregir, y de corregir a marcar el rumbo.
Llevado a Carmelo, Colonia del Sacramento, Rosario o Nueva Palmira, el planteo se entiende rápido. Si una empresa empieza a medir cuánto rinde una persona, cuánto demora en una tarea o cuánto tiempo queda fuera del ritmo esperado, no está incorporando solo una herramienta técnica. También está fijando una idea de qué vale como trabajo eficiente y qué empieza a leerse como desvío.
Ahí aparece una de las claves del problema. La inteligencia artificial no llega solamente para mirar lo que pasa. También puede influir en cómo se trabaja. Cuando una pantalla, un tablero o un sistema empieza a poner números sobre el desempeño, esos números pesan. Ordenan. Comparan. Presionan. Y muchas veces lo hacen con un aura de objetividad que vuelve más difícil discutirlos.
Sadin advierte justamente sobre eso. Sostiene que estas tecnologías avanzan con la pretensión de “enunciar la verdad” sobre las personas y las situaciones. En esa lógica, el sistema no parece una ayuda más, sino una especie de árbitro silencioso. Y cuando ese árbitro gana autoridad, el margen humano para explicar, matizar o disentir se achica.
En un departamento como Colonia, donde conviven pequeñas y medianas empresas, comercio, agro, turismo, logística y servicios, esa lógica puede expandirse sin hacer demasiado ruido. Entra por la puerta de la eficiencia. Se instala como mejora de gestión. Y, casi sin anunciarse, empieza a cambiar la relación entre empresa y trabajador.
La cuestión de fondo no es si la tecnología sirve o no. Claro que puede servir. La pregunta más importante es otra: quién define los criterios, cómo se usan esos datos, qué pasa cuando el sistema se equivoca y qué herramientas tiene un trabajador para entender o cuestionar una evaluación.
Ahí está el punto en el que este debate deja de ser técnico y se vuelve humano. Porque detrás de cada promesa de precisión puede crecer una nueva forma de control. Y en Colonia, al menos en algunos lugares, esa historia ya empezó.



























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