Gervasio Aznárez habla de inversiones, de inteligencia artificial y de una política que, a su juicio, debe volver a parecerse a la vida concreta. En su mirada, Colonia no puede resignarse a administrar inercias: tiene que animarse a modernizar el Estado, cuidar la cercanía y pensar el futuro sin perder la escala humana.
Gervasio Aznárez habla como quien todavía cree que la política merece tiempo. No el tiempo hueco de la pose ni el reflejo apurado de las redes, sino otro: el de pensar antes de opinar, el de escuchar antes de resolver, el de construir una idea antes de convertirla en consigna. Tiene 24 años, es oriundo de Carmelo, estudia Sociología en la Universidad de la República y en entrevistas anteriores ya había dejado ver algunos rasgos de esa identidad: se define como blanco de raíz wilsonista, reivindica la descentralización, la libertad y la justicia, y se asume como parte de una generación que quiere «discutir el país sin pedir permiso».
En esta conversación, su punto de partida no es ideológico sino práctico: el Estado, dice, está en deuda con la gente. Y esa deuda no se mide solo en grandes reformas, sino en la experiencia cotidiana del vecino que no encuentra respuesta, del trámite que se vuelve laberinto, del problema pequeño que se eterniza porque nadie lo toma a tiempo. Allí ubica su defensa de la inteligencia artificial aplicada a los gobiernos locales: no como un fetiche tecnológico, sino como una herramienta para acercar el municipio a la vida diaria.
La idea, explica, empezó a tomar forma en el trabajo con la Red de Innovación Local y en la postulación a un fondo del BID para desarrollar experiencias piloto en Carmelo y Nueva Palmira. Aznárez insiste en un punto: las políticas públicas no pueden venir en un paquete cerrado desde afuera. El respaldo técnico sirve, dice, pero las respuestas tienen que nacer del territorio, de sus ritmos, sus carencias y su manera concreta de vivir. En su visión, la tecnología solo vale si simplifica la relación entre el ciudadano y el Estado. Si no acorta distancias, es decorado.
Por eso imagina aplicaciones para resolver asuntos concretos: restos de poda, contenedores desbordados, mapas de calor para identificar zonas problemáticas, cruces de datos que permitan anticipar conflictos. Habla de eficiencia, sí, pero evita el tono gerencial. Su argumento va por otro lado: si la política quiere recuperar legitimidad, debe demostrar que todavía puede hacerles la vida más fácil a las personas.
Ese es, acaso, el núcleo de su pensamiento. Aznárez no habla del Estado como una estructura abstracta, sino como un organismo que debe aggiornarse sin volverse impersonal. Repite una idea: el gran Estado del siglo XX ya no alcanza para responder a las demandas del XXI. Pero enseguida corrige cualquier tentación de lectura simplista: modernizar no es retirarse; agilizar no es desaparecer; innovar no es dejar a la gente librada a su suerte. La persona, insiste, tiene que estar en el centro de las decisiones políticas y económicas.
Su mirada sobre las inversiones nace de esa misma lógica. Ve un escenario más frágil, menos estable, atravesado por la incertidumbre global. El problema, aclara, no es solo de Colonia ni de Uruguay: es del mundo. En ese marco, cree que el país necesita señales más claras, una discusión seria sobre la agilidad del Estado y una revisión de sus rigideces. Pero tampoco compra la fantasía del desmantelamiento. Tras un viaje a Perú, dijo haber visto el daño que produce un Estado ausente, incapaz de garantizar servicios básicos y cobertura social. Entre la inercia burocrática y el retiro del Estado, propone otro camino: un Estado más inteligente, más cercano y más apto para esta época.
En sus textos públicos aparece una idea complementaria. En El País escribió que Colonia tiene un “equilibrio singular” que permite pensarla como un “laboratorio de innovación pública”, y que pensar Uruguay exige situarlo “en el mapa de un mundo que va tomando nuevas formas”. Es una pista útil para leerlo: Aznárez mira lo local sin provincianismo y mira el mundo sin perder de vista la esquina.
No hay estridencia en su planteo. Hay, más bien, una convicción serena: la política todavía puede ser una herramienta honorable si se anima a llegar antes que la queja, antes que el desencanto, antes que la costumbre de resignarse.



























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