En el afiche hay una pregunta, o varias preguntas apiladas como si fueran una sola: ganas de bailar, moverte y expresarte. La tipografía grita. Los colores empujan. Pero lo que importa no está en el papel sino en la promesa: volver al cuerpo como quien vuelve a una casa que conoce y, sin embargo, ha dejado de habitar.
Alejandra Acevedo habla de la danza como si hablara de una evidencia anterior a cualquier academia. No la piensa primero como espectáculo ni como coreografía ni como técnica, aunque sabe que todo eso existe. La piensa como un movimiento que ya estaba ahí: en la respiración, en el paso, en el temblor de una mano, en la forma en que alguien camina por la calle sin saber que también está diciendo algo. Nacida en Montevideo y radicada durante años en Paso de los Toros, llegó a Carmelo con una propuesta de danza creativa y expresión corporal para niños y adultos. Lo suyo no parte de la destreza sino de otra cosa: estímulos, sentidos, imaginación, memoria, contacto, emoción.
En tiempos en que casi todo parece empujar hacia afuera —la velocidad, la pantalla, el ruido— Acevedo propone lo contrario: escuchar lo interno, explorar, dejar que el cuerpo encuentre palabras que no pasan por la lengua. Dice que no hay que ser bailarín. Dice que no hay que saber. Dice, más bien, que hay que animarse.
Pregunta. Venís con una propuesta de danza creativa y expresión corporal. Antes de hablar del curso, me gustaría ir al origen: ¿la danza está en la vida cotidiana, incluso cuando no la vemos?
Respuesta. Sí, absolutamente. El ritmo caracteriza lo que somos, porque si hay algo constante en nosotros es el movimiento. La danza lo super expone, claro, porque ahí hay una estética y a veces una intención artística, pero expresarse no siempre supone que haya un otro mirando. A veces es simplemente sacar lo que hay dentro. Y eso está en todo: en la naturaleza, en la música, en la pintura, en la manera de caminar. No podemos negarlo porque somos parte de eso.
P. Cuando se habla de danza, muchas veces se piensa en algo estructurado: técnica, coreografía, formas ya establecidas. ¿Dónde aparece, entonces, lo creativo?
R. La danza abarca muchas cosas. Está la parte coreográfica, donde hay estructura y técnica. Pero también está esa otra dimensión más ancestral, más inherente al ser humano, que tiene que ver con expresarse. Los ritmos están ahí, y el cuerpo empieza a mimetizarse con esos ritmos. Entonces se crean circunstancias en comunidad: alegría, contacto con el otro, algo muy orgánico. La danza creativa busca volver al cuerpo para encontrar esos movimientos que nos hacen expresarnos naturalmente. Yo trabajo mucho con estímulos escénicos, con objetos que estimulan ese proceso.
P. ¿Qué clase de estímulos?
R. De todo tipo. Puede ser una pintura, una escultura, una caña, una tela. Trabajo con tamaño, color, textura. Trabajo con olores y con sonidos. Como toco instrumentos musicales, también uso sonidos. Es un trabajo sensorial y emocional. Con la imaginación aparece la emoción.
P. Hay algo muy fuerte en esa idea: que el arte no es patrimonio de unos pocos.
R. Exactamente. Creo que estamos muy invadidos por recibir el afuera, todo el tiempo. Y, sin embargo, la parte artística siempre está. Lo que pasa es que quizá no le damos importancia en nuestras vidas, porque creemos que tiene que haber técnica o dedicación especial, o que ya hay artistas para eso. Pero el arte, o la expresión desde esa área, está en cada uno.
P. ¿Y qué pasa con la vergüenza? Con la rigidez, con el miedo al ridículo. ¿Cómo aparece la creatividad en un cuerpo que llega tenso?
R. Primero, entendiendo que no está lo bueno o lo malo, sino lo auténtico. Una vez que uno comprende que lo auténtico vale, deja de importar si eso es bueno o malo. Además, cuando te das cuenta de que al otro le está pasando lo mismo, todo cambia. Capaz que empezamos por mover un dedo. Y ese dedo ya abre algo. ¿Qué señaló esa mano? ¿Qué recuerda? ¿Qué sostiene? ¿Qué acaricia? ¿Qué golpea? Ahí la imaginación empieza a trabajar. Ayer, por ejemplo, un chico me decía: “No sabía que podía moverme de esta manera”. Eso se activa.
P. O sea que bailar también es explorar.
R. Esa es la palabra. Yo se la digo mucho a los chicos: explorar. Es como si estuviéramos en un laboratorio investigando. ¿Qué pasa con este movimiento? ¿Y con este otro combinado con aquel? ¿Qué aparece acá? Se explora en solitario, pero también con el otro, en dúo o en grupo. Las clases empiezan con uno mismo, con lo que está adentro. Porque una cosa es la expresión y otra la comunicación. Cuando yo me expreso, no necesariamente estoy comunicando algo a otro: puede ser algo mío, interno. Cuando comunico, sí: ahí el otro está presente. La danza trabaja esas dos dimensiones.
P. Has trabajado también con personas sordas y con personas ciegas. ¿La danza puede existir por fuera del oído y de la vista?
R. Sí. Un sordo puede bailar. María Fux lo demostró, y yo misma trabajé en escuela especial. Hay ritmos que no llegan solamente por el oído. Llegan por otros sentidos, por la imagen, por la vibración, por la piel. Y en el caso de una persona ciega, el trabajo con telas, olores, sonidos y un espacio seguro da posibilidad de movimiento. A veces cerramos los ojos para bailar. No necesariamente tenemos que estar mirando.
P. Estas hablando mucho del contacto. Y -sin embargo- da la impresión de que hoy tocamos menos, abrazamos menos.
R. Sí. Para mí, que me gusta danzar, el contacto con el otro es algo natural. No tiene nada de malo. Creo que a veces se ha desvirtuado lo que es el contacto, lo que es la caricia, y se lo mira desde un lugar que no está bueno. Pero existe una ternura, existe el abrazo, y está demostrada la importancia del contacto. Necesitamos estar en contacto con el otro. La danza lo tiene mucho, sobre todo las danzas populares. Una simple ronda ya lo muestra.
P. ¿La danza sana?
R. Totalmente. El movimiento transforma. Libera. Genera vibraciones, calor, energía. Se mueven cosas. Y no solo la alegría: todas las emociones pueden manifestarse en las artes. También el dolor. Ayer mismo me pasó con un alumno chico: puse una música y se puso a llorar. Después hablé con la madre y me dijo que él era muy sensible. La música, el movimiento, la imaginación: todo eso toca zonas muy profundas.
P. Mencionás a menudo la imaginación. ¿Qué lugar ocupa el cuerpo interno, aquello que no se ve?
R. Un lugar central. Lo que llamo cuerpo interno son las sensaciones corporales, que primero son internas. La imaginación, la inspiración, todo eso nos lleva a realizar movimientos. Después, si eso se comparte y comunica, puede convertirse en un hecho artístico. Pero el origen está ahí adentro.
P. ¿Qué pierde un cuerpo cuando se repite demasiado y deja de explorar?
R. Pierde posibilidades. Por eso hablo de laboratorio. Si uno siempre hace lo mismo, se desconecta de otras maneras de estar en el cuerpo. En cambio, cuando explora, encuentra movimientos que no sabía que tenía. Y también encuentra al otro. A mí me gusta dividir los grupos y que se observen, porque el otro me muestra posibilidades que quizá yo sola nunca vería.
P. ¿La danza sigue con uno cuando termina la clase?
R. Sí, sigue. Y sigue, sobre todo, la sensación que te dejó. Eso es muy importante, porque a las sensaciones uno puede volver. Quedan en el cuerpo.
P. En una época marcada por la prisa, ¿qué lugar tiene la danza?
R. La prisa también tiene ritmo. El corazón y la respiración se aceleran. El tema es darnos cuenta. Ahí aparece también otra parte de mi formación, que es la terapia gestáltica para niños. Llegué a eso por la parte artística, porque veía que pasaban cosas más profundas. La danza está muy ligada a las emociones y a las sensaciones que nos deja. Por eso se habla también de transformación. El movimiento transforma.
P. En el afiche aparece una pregunta directa: “¿Ganas de bailar, moverte y expresarte?”. ¿A quiénes está dirigida?
R. A cualquiera que se haga esa pregunta. Muchas veces las personas se la hacen y enseguida se responden solas: “No, ya no me muevo así”, “No tengo técnica”, “No sé bailar”. Y quizá se trata simplemente de responder si sí o si no. Si hay un sí, entonces hay que acercarse. Porque acá no se parte del bien o del mal, sino de lo auténtico. Trabajo con muchos estímulos que ayudan a salir de ese nervio inicial, de preguntarse si el cuerpo está bien o mal.
P. ¿Cómo serán las clases que se darán en La Caja?
R. Son semanales e independientes. Claro que la continuidad genera un avance en el cuerpo y también en la manera de enfrentar la disciplina. Estoy armando grupos según disponibilidad horaria. La idea es comenzar después de Semana de Turismo, con grupos ya formados, aunque siempre se puede ir integrando gente.
P. ¿Qué le dirías a alguien que está en duda?
R. Que se anime.
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