El comunicado del Municipio de Carmelo describe un hecho concreto: la aparición reiterada de materia fecal en un contenedor de residuos. Es, en apariencia, un episodio puntual. Sin embargo, como enseñó el historiador uruguayo José Pedro Barrán en Historia de la sensibilidad, los modos en que una sociedad regula el cuerpo, los olores y los desechos dicen mucho más que lo que parece. La forma en que tratamos lo “sucio” es también la forma en que construimos la idea de civilización.
Durante el siglo XIX, recuerda Barrán, el pasaje de la “barbarie” a la “civilización” en el Río de la Plata estuvo asociado a un disciplinamiento de los cuerpos: aprender a controlar impulsos, a ocultar excreciones, a separar lo íntimo de lo público. La higiene no fue solo un asunto sanitario; fue un proyecto moral y político. Depositar materia fecal en un contenedor común, de forma deliberada, rompe ese pacto tácito: devuelve al espacio público aquello que la modernidad intentó recluir en la esfera privada.
Federico Kukso, en Odorama, explica que el olor es uno de los marcadores más potentes de exclusión social. Lo que huele mal se asocia con peligro, enfermedad, marginalidad. No es casual que el comunicado municipal subraye el “serio problema sanitario” y el impacto sobre los trabajadores. El gesto no solo ensucia: humilla, expone, agrede simbólicamente a quienes deben limpiar.
¿Es un hecho aislado o una conducta generalizada? El propio Municipio señala que es la segunda vez en el mismo punto. No hay evidencia de una práctica extendida, pero sí de una repetición que obliga a preguntarse por el sentido del acto. Puede tratarse de negligencia, de carencia de servicios adecuados, o de una forma de transgresión deliberada: un mensaje anónimo que desafía la norma.
Desde el punto de vista social y político, estos episodios ponen en tensión la convivencia. La gestión de residuos es uno de los contratos más básicos entre ciudadanía y Estado local: yo deposito correctamente; el gobierno recoge y dispone. Cuando ese acuerdo se rompe, se erosiona la confianza.
¿Cómo debe actuar un gobierno local? No solo con sanción, sino también con pedagogía. La historia muestra que la higiene pública se consolidó con infraestructura, educación y campañas culturales persistentes. El problema no se resuelve solo con multas, sino reforzando el sentido de comunidad y el respeto por el trabajo ajeno.
Hablar de “civilización y barbarie” puede sonar grandilocuente, pero el debate es cotidiano: ¿qué toleramos en el espacio compartido? ¿qué responsabilidad asumimos sobre nuestros propios desechos? Más que escandalizarnos, quizá deberíamos preguntarnos qué dice de nosotros la forma en que tratamos aquello que todos producimos y nadie quiere ver.

























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