El ruido llega primero. Después, el color. Y recién entonces, la escena completa: la calle convertida en pasarela, las luces suspendidas como una constelación doméstica, las agrupaciones avanzando al ritmo de tambores y coreografías ensayadas durante semanas. Carmelo volvió a hacer lo que sabe cada febrero: salir a la calle y entregarse al carnaval.
El cierre fue un desfile. Importante, multitudinario, con esa coreografía urbana que no necesita guion pero sí logística. El Municipio y la Intendencia de Colonia trabajaron de manera conjunta para sostener la celebración. Así lo informó la propia Intendencia en sus redes sociales. Entre el público y las autoridades se encontraba el intendente del departamento, Guillermo A. Rodríguez.
Las comparsas avanzaron con la cadencia precisa de quien conoce el terreno. Las agrupaciones desplegaron lentejuelas, plumas, estandartes y banderas. Los tambores marcaron el pulso de una noche que, más que espectáculo, fue ritual. En cada esquina, vecinos y visitantes siguieron el recorrido como si se tratara de una procesión laica, donde el único credo es la fiesta compartida.
El carnaval en Carmelo no es un episodio aislado del calendario. Es una cita que se repite cada año, con variaciones en los nombres de las agrupaciones y en los colores de los trajes, pero con una constante: la convocatoria. Dios Momo —esa figura que en la tradición rioplatense encarna la burla, el exceso, la risa y el desahogo— encuentra aquí su territorio. No se lo invoca: se lo reconoce en la sonrisa del niño que corre detrás del desfile, en el adulto que marca el ritmo con el pie, en la silla plegable instalada horas antes sobre la vereda para asegurar la mejor vista.
El cierre condensó semanas de preparación. Detrás de cada paso sincronizado hubo ensayos, detrás de cada carro alegórico hubo manos que ajustaron estructuras, telas y luces. El desfile fue la superficie visible de un trabajo que involucró a organizadores, agrupaciones y equipos técnicos.
La presencia del intendente Rodríguez formó parte de esa postal institucional que acompaña los grandes eventos del departamento.
Cuando el último grupo pasó y el sonido comenzó a disiparse, quedó algo más que papel picado sobre el asfalto. Quedó la confirmación de que, en Carmelo, el carnaval no es sólo una fecha. Es una manera de ocupar el espacio público, de suspender por unas horas la rutina y de recordar que la cultura local también se escribe con música, brillo y comunidad.



























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