La Intendencia de Maldonado autorizó la viabilidad del proyecto para transformar el histórico Hotel Palace, cerrado y en estado de abandono desde hace más de una década, en un establecimiento cinco estrellas. La inversión prevista oscila entre 25 y 30 millones de dólares y está impulsada por un grupo estadounidense, con el chef y empresario Marcelo Betancourt como gestor local.
El emprendimiento contempla 43 habitaciones, dos niveles de subsuelo —uno destinado a spa y otro a pubs— y estacionamientos subterráneos. El predio, de 3.300 metros cuadrados, permitirá una construcción total de 10.436 metros cuadrados. La obra comenzaría en el segundo semestre de 2026 y se extendería durante tres años, aunque aún resta la aprobación definitiva del permiso de construcción por parte de la intendencia.
La administración departamental informó que se preservarán elementos patrimoniales del edificio original, incluidas las palmeras del patio central. El objetivo oficial es doble: recuperar un inmueble emblemático y dinamizar una zona comercial considerada deprimida.
La noticia, publicada por El Observador, reactiva una discusión que trasciende a Punta del Este y se proyecta sobre otras ciudades con activos turísticos sin explotar.
El espejo incómodo de Carmelo
La comparación es inevitable, aunque los contextos no sean equivalentes. Punta del Este cuenta con una marca internacional consolidada como balneario de alta gama, infraestructura turística desarrollada y un flujo sostenido de visitantes extranjeros y propietarios de segundas residencias. Carmelo, en cambio, ha construido su perfil en torno al enoturismo, la tranquilidad y la cercanía con Argentina, con una escala más reducida.
Sin embargo, la pregunta persiste: si existen capitales dispuestos a invertir entre 25 y 30 millones de dólares en la recuperación de un hotel abandonado en Punta del Este, ¿qué impide que un proceso similar se active en Carmelo?
Inversión hay. ¿Qué falta?
El caso de Punta del Este ofrece al menos tres claves para el análisis:
1. Viabilidad institucional clara.
La intendencia otorgó la autorización de viabilidad antes del inicio de obras. La señal administrativa es nítida: el proyecto es posible y cuenta con respaldo político.
2. Proyecto definido y cronograma público.
Metros cuadrados, número de habitaciones, etapas de obra y plazos estimados fueron comunicados con precisión. La previsibilidad es un activo para el inversor.
3. Integración urbana.
La recuperación no se plantea solo como un negocio hotelero, sino como una estrategia para revitalizar una zona comercial.
En Carmelo, en cambio, el debate sobre el Hotel Casino ha oscilado entre anuncios, expectativas y negociaciones que no terminan de cristalizar. La falta de un proyecto ejecutivo visible, de plazos concretos y de señales institucionales contundentes puede desalentar a capitales que buscan certezas.
No se trata únicamente de dinero. Se trata de escala, de estrategia y de narrativa de ciudad. Punta del Este vende proyección global; Carmelo podría apostar por un diferencial vinculado al turismo de experiencias, la gastronomía y el vino. Pero para eso necesita algo más que potencial.
Dos modelos, dos desafíos
La transformación del Hotel Palace en Punta del Este muestra que incluso un edificio abandonado durante más de diez años puede volver al mercado si confluyen capital, proyecto y respaldo institucional.
El caso del Hotel Casino Carmelo plantea una incógnita distinta: ¿cómo convertir un símbolo local en una oportunidad de inversión atractiva?
La comparación no busca equiparar realidades dispares, sino subrayar un contraste. En un país pequeño, con mercados limitados, cada activo turístico ocioso representa una oportunidad perdida. La experiencia de Punta del Este puede no ser replicable en términos de volumen, pero sí en cuanto a planificación y decisión política.
La pregunta, entonces, no es solo si hay inversores. Es si están dadas —o se están construyendo— las condiciones para que lleguen.



























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