Una nota reciente de Búsqueda puso sobre la mesa un debate que, aunque muchas veces se presenta como montevideano, también toca de cerca a las ciudades del interior. A partir de exposiciones de académicos de la Universidad de la República en el Senado, el artículo mostró que hablar del “derecho a la ciudad” no es entrar en una discusión abstracta ni universitaria. En el fondo, se trata de algo bastante concreto. Se trata de preguntarse quién puede vivir bien en una ciudad, quién accede al suelo, quién disfruta el espacio público y qué pasa cuando el crecimiento urbano empieza a dejar gente afuera.
Llevado al interior, el asunto adquiere otra textura. En ciudades como Carmelo, donde la escala todavía permite una vida más próxima y un ritmo menos áspero que el de la capital, esos cambios no siempre llegan con estridencia. A veces aparecen de manera lenta, casi silenciosa, pero igual modifican la forma de habitar. Un barrio cambia de perfil, ciertas zonas se valorizan más rápido que otras, algunos espacios se vuelven más exclusivos y la ciudad empieza a correrse, de a poco, de su vieja idea de comunidad.
Ese es uno de los puntos más fuertes del planteo recogido por Búsqueda. Los especialistas alertaron sobre procesos como la extranjerización del suelo urbano, la segregación residencial y la pérdida del sentido de comunidad cuando distintos grupos sociales dejan de encontrarse en los mismos espacios. Dicho de forma más sencilla, cuando la ciudad se parte, no solo cambia el mapa. Cambia la vida cotidiana. La calle deja de ser un lugar compartido, la vereda pierde centralidad, los recorridos se separan y cada uno empieza a vivir en su pequeño mundo.
Para el interior, esa advertencia merece atención. Porque muchas veces se piensa que estos problemas pertenecen a las grandes capitales, cuando en realidad también pueden colarse en ciudades intermedias o pequeñas. Carmelo, por ejemplo, puede ser leída desde esa tensión entre identidad local, atractivo turístico, valor del suelo y derecho a seguir siendo una ciudad vivible para quienes la habitan todos los días. No hace falta inventar un escenario extremo para entenderlo. Basta con mirar cómo impactan los cambios urbanos en el acceso a la vivienda, en la circulación diaria y en la relación entre vecinos.
Otro punto que subraya el estudio es especialmente elocuente. Mientras existen viviendas vacías, persisten dificultades de acceso a una vivienda digna y problemas en la calidad del entorno urbano. No es solo una contradicción estadística. Es una señal de que el mercado, por sí solo, no ordena la ciudad de una manera justa.
Por eso el debate sobre el derecho a la ciudad puede resultar útil para pensar el interior con menos postal y más realidad. No alcanza con que una ciudad sea linda, tranquila o turística. También importa que siga siendo habitable, caminable y compartida. En ciudades como Carmelo, esa discusión quizá todavía no se formule con grandes palabras, pero ya está planteada en la práctica.


























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