Después de tantos días de calor duro y pasto cansado, el anuncio de lluvia no suena igual.
En Uruguay, una tormenta nunca es solo una tormenta.
Menos todavía cuando llega después de semanas de menos agua, temperaturas altas y una sensación áspera en el paisaje. Febrero cerró con condiciones más secas de lo normal en gran parte del país, y con desvíos de precipitación que superaron el 50% negativo en muchas zonas; en la cuenca del Santa Lucía, además, volvió a observarse un comportamiento por debajo de lo normal.
Por eso el aviso especial emitido por INUMET para este sábado 21 no cae en el vacío.
Cae sobre campos resecos, sobre tajamares que se miran con preocupación, sobre veredas que ya conocen el polvo, sobre esa conversación repetida en almacenes, estaciones de servicio y grupos de WhatsApp: “A ver si esta vez llueve en serio”.
Pero la lluvia que se espera no llega con modales.
INUMET advirtió que, desde la madrugada del sábado, se prevé una desmejora desde el litoral oeste, con tormentas fuertes, algunas puntualmente severas, y precipitaciones copiosas. Durante la mañana, el fenómeno se extenderá al resto del país. Los mayores acumulados se esperan en el litoral oeste, con entre 60 y 100 milímetros en seis horas; en el centro, entre 40 y 60 milímetros; y en el resto del territorio, entre 20 y 40 milímetros en el mismo lapso.
Es decir: el agua llega, sí, pero no necesariamente mansa.
En zonas de tormenta podrán registrarse rachas de viento fuertes y muy fuertes, caída de granizo, intensa actividad eléctrica y lluvias puntualmente copiosas. Y aunque desde el mediodía se espera una mejora gradual, INUMET prevé para la tarde y la noche vientos de entre 40 y 60 kilómetros por hora en la franja costera.
Ahí está, tal vez, el corazón de esta noticia:
la lluvia deseada puede venir acompañada de aquello que la vuelve amenaza.
Porque en tiempos de seca el agua se vuelve una palabra ambigua. Se la espera como quien espera una buena noticia, pero se la teme como se teme a todo lo que llega de golpe. El productor piensa en la pastura y en el barro. El vecino, en el alivio del aire y en la canaleta que no dio tiempo a limpiar. En la costa, el viento agrega otra inquietud. En el interior, la tormenta siempre trae una pregunta antigua: cuánto va a llover, dónde y de qué manera.
La meteorología, en esos días, deja de ser una ciencia leída de reojo y vuelve a ocupar el centro de la mesa.
No es casual. El último boletín climático de INUMET describió febrero como un mes de persistencia de condiciones más secas y temperaturas predominantemente por encima de los valores normales. Y el informe oficial sobre situación hídrica de febrero señaló, en varias cuencas, condiciones de sequía extrema o moderada, con una intensificación reciente del déficit hídrico en algunos cursos de agua.
Por eso este aviso no se lee solo como un pronóstico.
Se lee como un estado de ánimo.
En el litoral oeste, donde comenzará la desmejora, la lluvia puede sentirse primero como alivio visual: el cielo que por fin se rompe, la tierra que cambia de color, el olor conocido del agua sobre lo seco. Después vendrá la cuenta más práctica, la que importa de verdad: si alcanzó, si sirvió, si dañó, si pasó demasiado rápido, si fue pareja o si volvió a repartir de manera injusta.
Uruguay conoce bien esa paradoja.
Pedir agua y, al mismo tiempo, temerle a su exceso.
INUMET agregó que entre la noche del domingo 22 y la madrugada del lunes 23 se espera una nueva desmejora en el norte del país, por lo que recomendó seguir las actualizaciones de su pronóstico oficial.
Mientras tanto, este sábado tendrá algo de vigilia colectiva.
Habrá quienes duerman con la ventana entreabierta para escuchar si empieza. Habrá quienes miren el radar antes que el desayuno. Habrá quienes salgan al patio apenas caigan las primeras gotas, como si el país entero, por unas horas, quisiera comprobar con sus propios ojos que el cielo todavía puede cumplir.


























Comentarios