Hay una foto que no pertenece del todo al pasado. Se la mira y algo en ella sigue ocurriendo. La bandera uruguaya sale de la ventanilla de un auto como si no cupiera en la ciudad, como si necesitara todo el aire de Carmelo para desplegarse. Hay humo, bocinas que uno casi puede oír, motos avanzando entre autos, una tarde que parece suspendida en ese instante en que la alegría deja de ser privada y se vuelve calle.
Mañana Uruguay jugará lejos, muy lejos del pueblo. En otro césped, bajo otras luces, con otros gritos encima. Pero en Carmelo, desde antes, el partido ya empezó. Empezó en las conversaciones de almacén, en los mensajes que cruzan los grupos familiares, en la camiseta preparada sobre una silla, en la bandera que alguien sabe dónde guardó aunque no recuerde cuándo fue la última vez que la usó. Empezó en esa forma uruguaya de esperar sin admitir del todo que se espera tanto.
Porque una ciudad también sueña. No lo hace como las personas, cerrando los ojos. Sueña con las persianas abiertas, con las motos prontas, con los autos mirando hacia la calle, con los gurises preguntando a qué hora se juega, con los viejos recordando otro gol, otro Mundial, otra tarde en la que también pareció que el mundo se achicaba hasta caber en una radio.
La foto de años atrás funciona como una prueba y como una promesa. Prueba que eso ya ocurrió: que Carmelo salió a celebrar, que la bandera se abrió paso entre el humo, que las bocinas dijeron lo que las palabras no alcanzaban a decir. Promesa de que puede volver a pasar. Que mañana, si la pelota entra, si el azar se inclina apenas hacia el lado celeste, la ciudad volverá a reconocerse en ese movimiento antiguo: salir, encontrarse, gritar, tocar bocina, abrazar al primero que aparezca, aunque no se sepa bien si se festeja un resultado o la posibilidad de pertenecer a algo más grande.
Hay triunfos que se cuentan con números. Uno a cero, dos a uno, penales, alargue, último minuto. Pero hay otros que se cuentan de otra manera. Se cuentan por la velocidad con que alguien abre una puerta. Por el primer auto que pasa tocando bocina. Por la moto que se suma sin preguntar. Por la bicicleta que sigue el ruido. Por el monopatín eléctrico, ese recién llegado a la ceremonia, que también quiere su lugar en la caravana. Se cuentan por la bandera que vuelve a salir, por el humo que vuelve a envolver la tarde, por la voz ronca de quien ya gritó demasiado y todavía no quiere callarse.
Carmelo sabe de esas cosas. Sabe que la gloria, cuando llega, no pide permiso ni protocolo. Baja por las calles como una creciente de júbilo. Pasa frente a las casas, despierta a los perros, hace salir a los vecinos, convierte la avenida en un río de autos lentos y corazones apurados. Durante un rato nadie va hacia ninguna parte y, sin embargo, todos parecen haber llegado.
Mañana, antes del partido, habrá una calma rara. Esa calma que no es tranquilidad sino espera. La ciudad hará sus cosas de siempre, pero por debajo de cada cosa habrá otra cosa: una pregunta, una ilusión, una cuenta invisible de minutos. El trabajo, la escuela, el comercio, la conversación casual, todo estará atravesado por esa frase que no necesita completarse: “si ganamos…”.
Si ganamos, volverá la escena. Tal vez no igual, porque ninguna alegría se repite exactamente. Cambian los autos, cambian las caras, cambian las edades. Algunos que estuvieron en aquella foto ya no estarán en la calle; otros, que eran niños o no habían nacido, levantarán ahora su propia bandera. Pero algo permanecerá intacto: esa manera de hacerse pueblo alrededor de un color, de una camiseta, de una música improvisada con bocinas y gargantas.
Y si sucede, si Uruguay gana, Carmelo saldrá otra vez. Saldrá porque hay alegrías que no pueden celebrarse sentado. Saldrá porque el fútbol, a veces, abre una grieta luminosa en la rutina. Saldrá porque durante unos minutos la ciudad dejará de ser suma de calles, casas y esquinas, y será una sola respiración.
Entonces la foto dejará de ser recuerdo. Será anticipo. Será espejo. Será una forma de decir que la historia, cada tanto, vuelve disfrazada de tarde celeste.
Mañana juega Uruguay. Y Carmelo, aunque no toque la pelota, también entra a la cancha.




























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