Reconocer no es ver de nuevo. Reconocer es identificar algo como parte de un mundo previo, incorporarlo a un mapa simbólico que ya existe. Cuando un grupo de jóvenes y docentes pinta un mural —como el que aparece en la fotografía, realizado en la calle 19 de Abril de Carmelo— no solo interviene un muro: interviene la forma en que la comunidad se mira a sí misma. Ese gesto colectivo produce una imagen que intenta permanecer. Pero la permanencia, hoy, es una tarea frágil.
Byung-Chul Han describe en La desaparición de los rituales cómo las sociedades contemporáneas perdieron las prácticas que otorgaban densidad y continuidad al tiempo. Los rituales —dice— fijaban sentido; permitían que una comunidad compartiera códigos, silencios, ritmos. Un mural funciona como un ritual materializado: es un acto que busca dejar marca, condensar una experiencia común en un punto del espacio.
Sin embargo, vivimos en una época dominada por el consumo acelerado de imágenes. No son imágenes que convocan al reposo, sino imágenes que se consumen y se descartan. En ese marco, el mural —que requiere atención, detención y lectura— queda expuesto a un desgaste simbólico inmediato. Su destino es distinto al que tenían los murales en otras épocas: ahora compite con un flujo visual incesante que lo vuelve, tarde o temprano, invisible.
La calle como soporte y como desafío
La calle 19 de Abril no es solo un punto geográfico. Es un espacio cotidiano, atravesado por tránsito, ruido, cambios de fachada, rutina. Allí, el mural surge como un intento de fijar una mirada en un lugar donde todo se renueva rápidamente. Durante el proceso —los jóvenes pintando, los docentes acompañando, la comunidad observando— la imagen está viva, cargada de sentido. Pero una vez terminado, comienza otro ciclo: el de su deterioro, su olvido o su absorción en el paisaje.
Byung-Chul Han plantea, en La salvación de lo bello, que la cultura actual ha reemplazado la belleza duradera por una estética de lo “liso”, lo rápido, lo inmediatamente consumible. Lo que no puede ser digerido de inmediato queda marginado. El mural, con su tiempo de elaboración y su profundidad simbólica, desafía esa lógica; pero no siempre logra sostenerse frente a ella.
¿Cómo se pierden los murales?
Se pierden de formas silenciosas:
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Se vuelven parte de la rutina y dejan de ser vistos.
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Se desgastan físicamente, pero también simbólicamente.
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Son tapados por nuevas pintadas, por publicidad o por el paso inevitable del tiempo.
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Quedan fuera del foco porque la comunidad ya no practica la mirada ritual que les dio origen.
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El consumo voraz de imágenes, hace imposible cerrar los ojos: siempre aparece algo nuevo que desplaza lo anterior. Ese “nuevo” no construye memoria; solo reemplaza.
¿Qué fue de aquel mural?
La pregunta no apunta solo a la pared. Apunta a la memoria que la comunidad deposita —o deja de depositar— en aquello que crea. El mural de la calle 19 de Abril sigue allí. Curtido por temporales, polvo, agua, persiste físicamente, por lo que el riesgo mayor es su desaparición simbólica: dejar de ser visto, de ser observado, de ser reconocido.
Ese es el desafío que Han identifica con claridad: en un mundo donde las imágenes circulan sin pausa, lo que se pierde no es el objeto, sino la mirada profunda que permite que algo permanezca. Lo que se diluye no es el mural, sino la capacidad colectiva de reconocerlo como parte de una historia compartida.
El mural fue un acto comunitario. Su destino posterior —visible, invisible, borrado, recordado— revela cómo trabajamos el tiempo: qué elegimos conservar, qué dejamos caer y qué entendemos como parte de nuestra identidad urbana.
En esa calle de Carmelo, lo que queda no es solo la pintura. Queda la pregunta por la permanencia en un mundo que ya no sabe detenerse.


























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