Frente a Carmelo hubo una isla que, durante las últimas décadas del siglo XIX, fue mucho más que un territorio destinado a la extracción de piedra. Allí vivían 140 personas. Había trabajadores, familias, viviendas y una actividad industrial suficientemente importante como para necesitar instalaciones portuarias y transporte sobre rieles. También había preocupaciones por la convivencia y un reclamo a las autoridades para que establecieran vigilancia policial.
Era la isla Sola. Y buena parte de aquella historia permanece fuera de la memoria cotidiana de Carmelo.
Los historiadores Alexandro Castro y Sebastián Rivero Scirgalea recuperaron uno de sus episodios en la investigación Conflictos obreros en clave espacial. Pueblos obreros y huelgas en el departamento de Colonia (1913-1916), publicada en diciembre de 2025 en la revista académica Estudios Históricos.
El estudio consigna que, en 1888, la isla tenía 140 habitantes y que se reclamaba una guardia civil, especialmente durante los días festivos. Detrás de esa breve referencia aparece una comunidad cuya existencia puede reconstruirse parcialmente mediante documentos del siglo XIX.
Una investigación anterior, Empresas de arena y piedra en Colonia (1870-1950), de Sebastián Rivero Scirgalea y Carlos Mignone Leguísamo, publicada en el Almanaque del Banco de Seguros del Estado de 2021, permite avanzar sobre las características de aquel asentamiento.
En 1888 funcionaban seis canteras en la isla Sola. Allí trabajaban 48 obreros que, sumados a sus respectivas familias, constituían una población de 140 personas. Todos se distribuían entre cuatro ranchos y dos galpones de madera.
La relación entre habitantes y construcciones ofrece una primera aproximación a las condiciones materiales de aquella vida insular. No se conoce la distribución interna de los alojamientos ni cuántas personas ocupaban cada uno. Tampoco existen, en las fuentes consultadas, descripciones suficientes para establecer cómo eran las condiciones de higiene, el abastecimiento de agua o la alimentación.
Sin embargo, las cifras permiten reconocer algo que suele desaparecer en las historias industriales: detrás de los trabajadores había familias que compartían aquel territorio.
La actividad ya había alcanzado una dimensión considerable cuatro años antes.
En 1884, el capataz José Navone solicitó a una agencia de inmigración de Buenos Aires 50 picapedreros para trabajar en isla Sola. La cantidad requerida muestra la necesidad de incorporar mano de obra para sostener las explotaciones. Por entonces también había comenzado la construcción de un muelle.
La isla formaba parte de una actividad extractiva que había cobrado fuerza en las proximidades de Carmelo desde la década de 1870, impulsada por empresarios y trabajadores, entre ellos personas de origen italiano.
La piedra debía trasladarse desde las canteras hasta los lugares de embarque. Para hacerlo se utilizaban zorras que circulaban sobre rieles y eran tiradas por caballos, mediante el sistema Decauville. Eran pequeñas plataformas de carga que permitían mover materiales pesados sobre vías relativamente livianas.
La operación vinculaba las canteras con los muelles y, desde allí, con el transporte fluvial. El destino económico de la producción estaba estrechamente relacionado con Buenos Aires, donde las obras públicas y la expansión urbana demandaban grandes cantidades de adoquines y otros materiales.
Pero la isla Sola tenía otra dimensión, menos visible en los registros comerciales.
En febrero de 1888, el periódico carmelitano El Progresista reprodujo un informe elaborado por el doctor Frías, cónsul uruguayo en Buenos Aires, dirigido al ministro de Hacienda. El documento abordaba la importancia económica de la industria extractiva y también la situación de las comunidades establecidas alrededor de las explotaciones.
Sobre isla Sola formulaba un pedido preciso:
«Es de suma necesidad que se establezca en esa isla una guardia civil, especialmente en los días de fiestas, para hacer mantener el orden, pues no hay ninguna».
La referencia, publicada en las ediciones del 18, 22 y 25 de febrero de 1888, permite identificar una necesidad de organización pública en el asentamiento.
El informe no describe episodios concretos de violencia ni identifica responsables de eventuales disturbios. Tampoco determina cómo se desarrollaban las festividades. Lo que sí documenta es que existía una preocupación por el mantenimiento del orden y que, según el funcionario, no había una guardia civil instalada en el lugar.
¿Por qué los días de fiesta merecían una vigilancia especial? ¿Qué formas de reunión existían entre aquellos trabajadores y sus familias? ¿Cómo se resolvían los conflictos cotidianos en una comunidad relativamente pequeña, rodeada de agua y organizada alrededor de seis canteras?
La documentación ofrece el reclamo, pero todavía no las respuestas.
También quedan sin resolver otras preguntas esenciales. Cómo llegaban los alimentos desde Carmelo, de dónde obtenían agua para beber, qué ocurría cuando un trabajador sufría un accidente o cuando enfermaba alguno de los integrantes de su familia. No se ha establecido, a partir de estas fuentes, si existían servicios regulares para atender esas necesidades.
Esa ausencia de información no disminuye el valor del hallazgo. Por el contrario, delimita una historia todavía pendiente de investigación.
Durante varias décadas, la extracción de piedra constituyó una actividad económica de importancia para Carmelo. El mismo informe consular de 1888 sostenía que la ciudad debía buena parte de su movimiento comercial a aquella industria. Isla Sola participaba de esa economía mediante sus canteras, sus obreros y la infraestructura necesaria para embarcar la producción.
Sin embargo, la magnitud comercial de la explotación contrasta con la escasa información disponible sobre quienes vivían allí.
Se sabe que eran 140 personas. Que 48 trabajaban en las canteras. Que existían cuatro ranchos y dos galpones de madera. Que funcionaban seis explotaciones y que la piedra era transportada mediante plataformas sobre rieles. Se conoce incluso una solicitud para establecer vigilancia policial durante las festividades.
Pero todavía no se conocen los nombres de aquellas familias, cuánto tiempo permanecieron en la isla ni qué ocurrió con ellas cuando cambiaron las condiciones de la explotación.
Casi un siglo y medio después, la historia de isla Sola conserva una paradoja: resulta posible reconstruir una parte de su maquinaria productiva con mayor precisión que la vida de sus habitantes.
El número de canteras quedó registrado. También los trabajadores y las construcciones. La existencia de aquella población sobrevivió en documentos oficiales y publicaciones periodísticas.
Lo que permanece por reconstruir es la historia de las personas que hicieron de la isla su hogar.
Porque en 1888, frente a Carmelo, había una comunidad de 140 habitantes cuya vida no terminaba cuando dejaban de funcionar las canteras.
Y esa parte de la historia todavía merece ser contada.


























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