¿Qué es la bondad dentro de la maldad y viceversa en una ciudad como Carmelo?
La pregunta, que parece de libro o de sobremesa filosófica, en realidad se puede leer en nuestra vida cotidiana. No en grandes teorías. No en personajes extraordinarios. Se puede ver en cómo somos, en cómo nos tratamos, en cómo ayudamos, en cómo herimos, en cómo juzgamos y en cómo convivimos en una ciudad donde casi todos, de una forma u otra, terminamos sabiéndonos.
En lugares grandes, el bien y el mal a veces se vuelven abstracciones. En Carmelo no. Acá toman cuerpo. Tienen nombre, barrio, institución, parentesco, historia compartida. Por eso esta pregunta pesa más. Porque entre nosotros la bondad no siempre es pura y la maldad no siempre es total. Y admitirlo no significa justificar lo malo ni ensuciar lo bueno: significa mirar con más verdad lo que somos.
En Carmelo conocemos bien la bondad. Está en el vecino que arrima una mano sin preguntar demasiado. En el comercio que fía cuando aprieta el mes. En la solidaridad silenciosa cuando alguien se enferma, pierde trabajo o atraviesa una desgracia. Está en esa costumbre todavía viva de estar atentos, de nombrarnos, de reconocer que el otro no es una cifra ni una sombra. Hay una reserva de humanidad en esta ciudad que no conviene despreciar. Una forma de cercanía que, aun con sus límites, sigue siendo un valor.
Pero también sabemos que esa bondad puede tener doble fondo. A veces se ayuda, sí, pero se ayuda para marcar poder. Para quedar bien. Para que se sepa. Para recordar después quién estuvo y quién no. A veces el gesto solidario viene con una pequeña factura moral incluida. Ahí aparece la maldad dentro de la bondad: cuando lo bueno deja de ser limpio y empieza a mezclarse con la conveniencia, la superioridad o el control.
Y al revés también ocurre. Hay personas que pueden haber obrado mal, que pueden haber lastimado, fallado, especulado o usado mal un lugar que tenían, y sin embargo conservan gestos reales de humanidad. No se trata de absolver a nadie. Se trata de entender que nadie es una pieza pura. En una ciudad como la nuestra eso se ve seguido: alguien capaz de una mezquindad y también de un acto sincero de cuidado; alguien que decepciona en lo público, pero acompaña de verdad en lo privado; alguien que se equivoca seriamente, pero no pierde del todo su fibra humana.
Quizás por eso Carmelo sea un buen laboratorio moral. Porque acá la escala humana obliga a ver mejor las mezclas. Acá no siempre se puede sostener mucho tiempo una máscara. Tarde o temprano, la distancia entre lo que se dice y lo que se hace se nota. El discurso comunitario, la imagen de buena persona, la apelación a los valores, todo eso entra en prueba en la vida concreta: en cómo se trata a los demás cuando nadie mira, en cómo se usa un pequeño poder, en cómo se responde cuando el otro ya no sirve, en cómo se habla del ausente.
Hay algo más. En las ciudades chicas, como la nuestra, también existe una maldad de baja intensidad, casi doméstica, que muchas veces se naturaliza: el comentario que daña, la exclusión silenciosa, el favor administrado, la hipocresía de cercanía, la condena rápida, el juicio que circula sin prueba, la memoria selectiva para unos y la indulgencia para otros. Nada de eso parece enorme por separado. Pero junto arma clima. Y los climas también hablan de cómo somos.
Entonces, ¿qué es la bondad dentro de la maldad y viceversa en Carmelo? Es, tal vez, el reconocimiento de que vivimos entre mezclas. Que no somos un pueblo de santos ni un territorio de cínicos. Que tenemos una capacidad genuina para cuidar, acompañar y sostener, pero también una facilidad para herir, vigilar, medir y acomodar la moral según la cercanía, la simpatía o la conveniencia.
La pregunta no busca condenarnos. Busca algo más difícil: obligarnos a mirarnos. Porque quizás la verdadera bondad no consista en creer que somos buenos, sino en revisar qué hacemos con nuestras sombras. Y quizás la peor maldad no sea el gran gesto oscuro, sino esa pequeña costumbre de dañar al otro mientras seguimos diciendo que acá, entre nosotros, somos gente de bien.

























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