Hay artistas que hablan de su trabajo como si explicaran un mecanismo. Pablo Ferrari, en cambio, lo cuenta como quien abre una puerta. Detrás aparecen la madera, el linóleo, el aluminio, la tinta, la prensa; aparecen también la historia del grabado, la disciplina del taller y una fe tranquila en el trabajo manual. En su caso, la conversación sobre técnicas nunca suena técnica del todo: suena humana.
El profesor, pintor y escultor Pablo Ferrari viene de esa tradición de artistas que todavía creen que una imagen no nace sólo de una idea, sino también de un roce, de una resistencia, de una superficie. Por eso, cuando habla de grabado, no lo hace como si defendiera una rareza de museo, sino como si describiera una forma persistente de mirar el mundo. Su lenguaje vuelve una y otra vez a las herramientas, a la presión necesaria para imprimir, a la matriz que se entinta, a la copia que nunca sale exactamente igual a la anterior. Hay en esa insistencia algo más que oficio: una poética.
En los últimos tiempos, Ferrari integró un jurado internacional de grabado en Francia, una experiencia que lo volvió a poner en diálogo con una comunidad artística extendida, diversa, hecha de acentos, escuelas y procedimientos distintos. En ese circuito, donde participan creadores de Europa, América Latina y Estados Unidos, encontró algo que lo impresionó menos por la variedad geográfica que por la coherencia visual: incluso en lenguajes diferentes, el grabado conserva una ética de trabajo. Exige paciencia. Exige método. Exige, sobre todo, saber esperar el resultado de una acción concreta sobre la materia.
Ferrari conoce bien esa lógica. Una de sus piezas, realizada en linograbado, apareció en el catálogo de ese concurso internacional. La elección no es menor. El linóleo, explica él, ofrece una superficie más pareja que la madera y permite una precisión que a veces la veta interrumpe. El buril avanza ahí con otra libertad. La imagen, antes de volverse estampa, pasa por una especie de negociación silenciosa entre la mano y el material. El resultado puede parecer limpio, pero su origen está lleno de pequeñas resistencias.
En tiempos dominados por la velocidad del diseño digital, Ferrari se planta en otro ritmo. No como un enemigo de la tecnología, sino como alguien que sabe que el arte no se deja resumir por la facilidad. Él mismo reconoce que el artista contemporáneo convive con cámaras, impresoras, pantallas y recursos digitales. Pero vuelve siempre al mismo punto: el arte sigue siendo una expresión del ser humano, de sus habilidades, de su manera de transformar una materia en una forma. En esa definición hay una toma de posición. No grandilocuente. Apenas firme.
Su trabajo, además, no se queda en la defensa de una tradición. También se abre a la experimentación. Una de las zonas que más lo entusiasman es la llamada Lito Kitchen, una derivación contemporánea de la litografía que sustituye materiales tóxicos o de difícil acceso por elementos cotidianos. Aceites comunes, jabón, esponjas, papel de aluminio e incluso Coca-Cola entran en escena como herramientas posibles. La idea tiene algo de laboratorio doméstico y algo de gesto pop: llevar el arte hacia el territorio de la cocina, de lo próximo, de lo que cualquiera reconoce sobre una mesa.
Ese cruce le interesa no sólo por novedoso, sino por democrático. Ferrari ve allí una puerta de entrada. Una forma de acercar la práctica del grabado a quienes la sienten lejana o demasiado especializada. Cuando habla de niños, liceos o talleres, cambia apenas el tono: se vuelve más pedagógico, pero no menos apasionado. Imagina a un chico dibujando un sol sobre una lámina de aluminio, entendiendo que una imagen puede nacer de un proceso, de una secuencia, de una transformación. En esa escena mínima se resume una parte de su vocación docente: enseñar no como simplificación, sino como invitación.
También por eso su figura se vuelve interesante dentro del paisaje cultural. Ferrari no aparece sólo como un artista que produce obra. Aparece como alguien que conecta mundos: el de la formación y el de la práctica, el de la tradición y el de la búsqueda, el del taller y el de la circulación internacional. Su conversación va de Gutenberg a Andy Warhol sin afectación, como si entre la imprenta primitiva y la serigrafía pop existiera un hilo natural. Y, en cierto modo, para él existe: el arte de imprimir consiste siempre en pensar cómo una imagen puede repetirse sin dejar de ser singular.
Esa tensión entre repetición y diferencia es, quizás, una de las claves más atractivas de su universo. En el grabado, dice Ferrari, las copias se numeran, pero ninguna es idéntica a otra. La matriz se ensucia, cambia, cede. Lo que parecía mecánico conserva un margen de accidente. Allí, precisamente allí, aparece algo parecido a una verdad estética: la perfección no está en la uniformidad, sino en la huella.
Tal vez por eso su obra y su discurso resultan hoy especialmente sugerentes. Mientras buena parte de la cultura visual busca inmediatez, limpieza y circulación instantánea, Ferrari trabaja con procedimientos que obligan a detenerse. Su apuesta no es nostálgica. Es, más bien, una defensa del tiempo largo de la creación. De la inteligencia de la mano. De la belleza que todavía puede surgir de una plancha entintada, de una presión justa, de una imagen que tarda en aparecer.
En Pablo Ferrari, el arte no se presenta como un misterio solemne, sino como una práctica viva. Algo que se aprende, se prueba, se corrige y se comparte. Algo que puede viajar a Francia y, al mismo tiempo, empezar en una cocina, en un aula o en un pequeño taller. Algo que, pese a todo, sigue pidiendo lo mismo de siempre: mirada, paciencia y trabajo.


























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