Hay actos que no cambian el mundo, pero lo interrumpen.
En el Municipio de Carmelo, donde la administración suele hablar el idioma práctico de los expedientes, los horarios y los trámites, esta vez apareció otra escena: un arreglo floral en manos de cada concejala y de cada funcionaria mujer. Lo entregaron el alcalde y los concejales hombres. No era un acto solemne. Era, más bien, un gesto.
El marco es el Mes de la Mujer.
La fecha próxima, el 27 de marzo.
La excusa visible, un té organizado por el Municipio para reunir a todas las funcionarias.
A veces la vida pública también se cuenta en esos movimientos mínimos. Una flor sobre un escritorio. Un saludo que suspende por un rato la lógica del trabajo. Una invitación a sentarse, conversar, verse no solo como piezas de una estructura municipal, sino como mujeres que sostienen buena parte de esa estructura.
El anuncio del té del 27 de marzo va en esa dirección: crear un espacio de encuentro, reconocimiento y pausa. No una ceremonia grandilocuente. Algo más raro y acaso más valioso en estos tiempos: un momento compartido.
En esa imagen —las funcionarias recibiendo flores de manos del alcalde y de los concejales— hay también una lectura posible sobre la vida de los pueblos. En ciudades como Carmelo, donde casi todo se sabe y casi todo se ve, los gestos institucionales tienen un peso particular. No son solo protocolo. Son mensaje. Dicen cómo una comunidad quiere mirarse a sí misma.
El Municipio eligió, en este Mes de la Mujer, una forma concreta de hacerlo: reconocer a sus trabajadoras, destacar su presencia cotidiana y convocarlas a un encuentro propio.
No es poco.
Porque detrás de cada oficina abierta, de cada trámite resuelto, de cada puerta que se atiende, hay mujeres que hacen funcionar la maquinaria discreta de lo público. Mujeres que ordenan, reciben, gestionan, escuchan, sostienen. Mujeres que muchas veces están en el centro del trabajo y en el margen del homenaje.
Esta vez, al menos por un instante, ocurrió al revés.

























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