Por Elio García
El jefe de Policía de Colonia, Paulo Costa, volvió a referirse en conferencia de prensa a sus declaraciones sobre el narcotráfico y el lavado de dinero en el departamento, que días atrás generaron revuelo político a nivel nacional. “La situación es preocupante”, reafirmó, sin brindar más detalles. Sin embargo, en su intervención se despliega mucho más que información: se construye sentido, se marca una posición y se produce una imagen de autoridad que dice tanto por lo que afirma como por lo que elige no explicitar.
Cada discurso no es solo una forma de nombrar la realidad, sino una forma de ejercer poder sobre ella. Hablar no es neutro, especialmente cuando quien lo hace es la máxima autoridad policial de un territorio.
Al decir que “los hechos están ahí, que lo analicen”, Costa no sólo reconoce la existencia de fenómenos delictivos complejos, sino que delega su interpretación a otros —a la prensa, a la política, a la sociedad—, posicionándose como quien observa, constata y alerta, pero sin entrar en el terreno del señalamiento directo.
Ese gesto no es menor. Lo que se deja implícito también forma parte del mensaje. Michel Foucault (1926-1984) afirmaría que el discurso de Costa construye un “régimen de verdad”: define qué puede ser dicho, por quién y con qué consecuencias. Él no acusa, pero sugiere. No denuncia casos concretos, pero pone en escena una lógica delictiva conectada: narcotráfico, lavado de dinero, lucro, violencia. El efecto es claro: el público entiende que hay una realidad grave, aunque no vea las pruebas.
Así podríamos interpretar que Costa interpela a un público que ya no solo exige eficacia policial, sino reconocimiento simbólico de su entorno. Es decir, que quienes viven en Colonia quieren saber que sus instituciones nombran y enfrentan lo que sucede, aunque no siempre tengan soluciones inmediatas. En este marco, el discurso del jefe actúa como una forma de reconocimiento público del problema, aunque no lo traduzca aún en acciones visibles o casos específicos.
En su exposición, Costa también marca una diferencia identitaria: “Estamos en la región más violenta del mundo”, afirma, apelando a datos globales para contextualizar el problema local.
En términos discursivos, construye así una frontera: la violencia no es solo de Colonia, es de América Latina. Este gesto busca amortiguar el impacto local de sus dichos previos y reubicar el problema en una lógica regional, menos atribuible a errores de gestión locales y más a un contexto estructural.
Por otro lado, el discurso de Costa puede entenderse como una forma de construcción de hegemonía. No impone una verdad cerrada, sino que abre significantes flotantes: “preocupante”, “hechos”, “delitos conectados”, “convivencia democrática”. Estos términos no tienen un sentido único, pero generan consensos. Funcionan como puntos de encuentro simbólicos con distintos sectores sociales que pueden proyectar en esas palabras sus propias preocupaciones.
Sin embargo, también hay silencios significativos. No se menciona ninguna investigación concreta, nombre, red, operación o resultado. No hay denuncias, ni siquiera una referencia a fiscalía. En su lugar, se ofrece un relato de compromiso personal y emocional: “me afectó”, “era mi cumpleaños”, “le ponemos amor”, “trabajamos para la gente”.
Así, el discurso se desplaza de lo institucional a lo humano. Costa personaliza la gestión, mostrando sensibilidad, entrega y vocación. Se presenta como servidor público antes que como denunciante.
Ese desplazamiento cumple dos funciones: contener la tensión política generada por sus dichos anteriores, y reafirmar su legitimidad como jefe policial frente a la comunidad. No desmiente, pero suaviza. No retracta, pero matiza. Desde el lenguaje, se mueve entre el compromiso institucional y el afecto personal, construyendo una figura de autoridad cercana, reflexiva y que, aunque sacudida, no se desvía de su misión.
En resumen:
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Dice que hay una situación preocupante, pero no identifica actores ni estructuras.
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Menciona delitos conectados (narcotráfico, lavado, lucro), pero no describe redes ni operaciones.
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Delega el análisis (“que lo analicen”), lo que refuerza su rol de quien pone en alerta pero no expone nombres.
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Se muestra afectado, pero reafirma su compromiso, apelando a lo emocional y a la vocación pública.
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Construye un discurso que conecta con diferentes públicos y posiciones políticas, sin polarizar ni confrontar directamente.
Lo dicho por Costa no es solo información. Es un acto político, institucional y simbólico. Un discurso que abre el juego, que no cierra sentidos, y que más que resolver, deja instalada una inquietud:
¿cuánto sabe el jefe de Policía? ¿Y cuánto puede —o quiere— decir?

























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