Por Lic. Elio García Clavijo
El anteproyecto de puesta en valor de la Rambla de los Constituyentes y sus alrededores, presentado al Municipio de Carmelo por la familia Martinchich a través de Arquisur, abre una discusión que excede la obra pública en sentido estricto.
La propuesta, elaborada en forma honoraria por los arquitectos Sofía Martinchich, Manuel Rosas, María Teresa Rodríguez y Ramón Martinchich, plantea recuperar un sector de alto valor urbano, patrimonial, paisajístico y social. Pero también instala una pregunta de fondo: cómo transformar positivamente una zona sin alterar de manera excluyente su tejido barrial.
La iniciativa apunta a reparar pavimentos, ordenar la vegetación, mejorar taludes y desagües, recuperar escaleras, bancos, muros, pilastras, luminarias, cartelería y elementos simbólicos como el reloj, la Fuente de las Tentaciones y el sector identificatorio de la rambla. También prevé nuevas veredas, rampas accesibles, mejoras en la parada de ómnibus, equipamiento urbano, iluminación integral y una mayor conexión con el puerto, el arroyo y el Puente Giratorio.
Desde el punto de vista de la infraestructura urbana, el impacto podría ser significativo. No se trata solo de embellecer un paseo, sino de corregir problemas de circulación, accesibilidad, iluminación, drenaje y deterioro material. Una rambla más caminable, mejor iluminada y equipada puede modificar la forma en que los carmelitanos usan el lugar, especialmente si se logra integrar a personas mayores, niños, vecinos con movilidad reducida, turistas, comerciantes y usuarios habituales del entorno portuario.
Un barrio más seguro
El efecto sobre la seguridad también aparece como uno de los aspectos centrales. Un importante actor inmobiliario local -consultado para esta nota- señaló que una intervención de estas características puede contribuir a desplazar sesgos de inseguridad asociados a la zona y transformarla progresivamente en un entorno con mayor perfil residencial. La mejora del alumbrado, la recuperación de espacios deteriorados, la presencia de mobiliario urbano y el aumento del tránsito peatonal suelen fortalecer la percepción de seguridad. En términos urbanos, un espacio público cuidado tiende a convocar más presencia ciudadana; y esa presencia, aunque no reemplaza las políticas de seguridad, ayuda a reducir la sensación de abandono.
Impactos económicos en el valor de las propiedades
En el plano inmobiliario, la obra podría incidir en el valor de las propiedades ubicadas en el área de influencia. Las viviendas y terrenos cercanos a espacios públicos calificados suelen adquirir mayor atractivo, especialmente cuando se combinan paisaje, accesibilidad, iluminación, ordenamiento y cercanía a puntos patrimoniales o turísticos. La Rambla de los Constituyentes tiene, en ese sentido, una condición estratégica: reúne borde costero, centralidad, memoria histórica, conexión portuaria y potencial recreativo.
Sin embargo, esa posible valorización también plantea un desafío. En los debates urbanos contemporáneos, la mejora de barrios populares, céntricos o deteriorados puede derivar en procesos de gentrificación: la revalorización del suelo atrae nuevas inversiones y población de mayor poder adquisitivo, pero al mismo tiempo puede aumentar alquileres, servicios y costos de vida, desplazando de manera directa o indirecta a residentes originales de menores ingresos.
Una mejora para los vecinos actuales
Ese riesgo no implica que la ciudad deba renunciar a mejorar sus espacios públicos. Por el contrario, obliga a planificar con mayor precisión. La puesta en valor de la rambla será más justa y sostenible si se concibe como una mejora para los vecinos actuales y no solo como una oportunidad de valorización inmobiliaria o turística.
La obra debería fortalecer el derecho al uso del espacio público, proteger la identidad barrial y evitar que la recuperación derive en una pérdida de pertenencia para quienes históricamente habitaron o utilizaron la zona.
Aquí resulta útil incorporar la mirada del geógrafo francés Michel Lussault, para quien el espacio no es apenas un soporte físico, sino una construcción social atravesada por prácticas, relaciones, conflictos y sentidos. Desde esa perspectiva, la Rambla de los Constituyentes no puede entenderse únicamente como una superficie a reparar o un paisaje a embellecer. Es un lugar vivido: un punto de encuentro, circulación, memoria, contemplación, trabajo, paseo y apropiación colectiva.
El barrio, los vecinos, el turismo y la vida cotidiana
Aplicada a Carmelo, esa mirada permite advertir que la obra no debería medirse solo por la cantidad de bancos, luminarias, metros de vereda o carteles instalados. Su verdadero impacto estará en cómo reorganice las relaciones entre los vecinos y el arroyo, entre el barrio y la ciudad, entre el turismo y la vida cotidiana, entre el patrimonio y los nuevos usos. Si la intervención mejora la calidad del entorno sin expulsar ni invisibilizar a quienes lo habitan, habrá logrado una transformación urbana equilibrada.
El turismo también podría encontrar allí un punto de apoyo relevante. Carmelo cuenta con atributos reconocibles —el arroyo, el puerto, el Puente Giratorio, las bodegas, la escala tranquila de la ciudad—, pero necesita circuitos mejor ordenados, legibles y cuidados. Una rambla recuperada, con información turística, iluminación adecuada, vegetación organizada y elementos patrimoniales puestos en valor, puede convertirse en una referencia para visitantes y en una plataforma para actividades culturales, recreativas y comerciales.
La clave estará en evitar que la mirada turística desplace la mirada local. La rambla debe ser atractiva para quien llega, pero sobre todo debe seguir siendo útil, accesible y propia para quienes viven en Carmelo. La instalación de cartelería, tótems informativos, bancos, papeleras y luminarias puede mejorar la experiencia del visitante, pero también debe responder a necesidades cotidianas: caminar con seguridad, esperar un ómnibus, sentarse a descansar, cruzar sin obstáculos, llegar al arroyo, circular de noche y permanecer en un espacio digno.
El desafío político y social
El anteproyecto tiene, por tanto, un valor urbano evidente. Puede mejorar la visualidad de un sector emblemático, aumentar la seguridad percibida, fortalecer el atractivo residencial, ordenar la movilidad y potenciar el turismo. Pero su mayor desafío será político y social: asegurar que la valorización del lugar no se traduzca en exclusión, sino en mayor integración.
Para eso será importante que la obra esté acompañada de mantenimiento permanente, participación vecinal, criterios de accesibilidad universal, protección del patrimonio, regulación del uso del suelo y una mirada atenta sobre el mercado inmobiliario y los alquileres. La recuperación de una rambla no termina con la ejecución de las obras; comienza allí una etapa de gestión urbana que definirá si el espacio se consolida como bien común o como simple activo de mercado.
La Rambla de los Constituyentes puede convertirse en una pieza clave para resignificar Carmelo. Bien ejecutada, la intervención puede devolverle centralidad a una zona valiosa, fortalecer la identidad local y mejorar la calidad de vida. Pero su éxito dependerá de un equilibrio delicado: atraer inversión sin expulsar memoria, aumentar valor sin perder comunidad, embellecer sin privatizar simbólicamente, y transformar el espacio sin romper los vínculos que le dan sentido.

























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