Con Martina Bailón, consejera del Consejo de Formación en Educación, conversamos una tarde en su visita al IFD Carmelo, sobre las tensiones y desafíos de enseñar hoy. Inteligencia artificial, reorganización del tiempo, nuevos espacios cotidianos, la desconexión entre escuela y mundo.
Su voz, entre pausas pensadas y certezas que se sostienen en la experiencia, emerge una pregunta que atraviesa la charla de principio a fin: ¿para qué formamos?
—¿Cuáles son hoy las materias que socialmente se perciben como más importantes? ¿Coincide eso con lo que establece el currículum formal?
—Este es un tema bien complejo. Cada vez hay más saber acumulado, pero el currículum sigue siendo acotado. No podemos pensar que simplemente se trata de agregar contenidos. El desafío es lograr un equilibrio: sostener los conocimientos básicos, como lengua y matemática —fundamentales para el pensamiento crítico—, y al mismo tiempo vincularlos con las artes, las ciencias, lo digital. En definitiva, entender que como docentes estamos en formación permanente.
—¿Y estamos educando para la empleabilidad o para la ciudadanía?
—Desde nuestra perspectiva, formamos para la ciudadanía. No podemos desentendernos del mundo del trabajo, claro, pero no se trata de educar sólo para el empleo de hoy. Ese empleo puede desaparecer mañana. Lo esencial es que el docente sepa dónde buscar el conocimiento más actualizado. Hoy, más que acumular datos, lo importante es desarrollar estrategias para discriminar información veraz de contenido falso.
—En ese sentido, ¿cómo establecer pautas básicas de conocimiento cuando el saber circula por fuera de la escuela y se actualiza en tiempo real?
—Hoy aprendemos mucho más fuera que dentro de las instituciones educativas. Pero la escuela sigue siendo necesaria para ofrecer aquellos saberes que no están en el entorno próximo. Dependerá del contexto: no es lo mismo vivir en una ciudad como Carmelo que en la ruralidad. La escuela tiene que ampliar horizontes, conectar a los estudiantes con lo que aún no conocen.
—¿Qué significa entonces “saber lo suficiente”?
—Cuanto más uno estudia, más sabe lo que ignora. La ignorancia, bien entendida, puede ser motor de búsqueda, de diálogo, de vínculo. El problema es cuando alguien cree que ya lo sabe todo. Nuestro objetivo como docentes es despertar el deseo de aprender.
—¿Es posible enseñar con profundidad en un mundo donde domina la lógica de lo inmediato?
—Sí, y lo he experimentado incluso trabajando con inteligencia artificial. Hay espacios donde el tiempo se detiene: sentarse con un texto, leerlo una y otra vez, discutir sobre un párrafo. Eso no tiene nada que ver con la lógica de devorar contenido. A veces los estudiantes llegan acostumbrados a copiar y pegar, pero valoran —y mucho— esa lectura profunda que los desafía.
—¿Cómo acompañar la velocidad vertiginosa de los cambios sin perder densidad ni reflexión?
—Esa es una tensión enorme. Ya no alcanza con cubrir el programa. El conocimiento está disponible, pero si el docente no se conecta genuinamente con el estudiante, lo pierde. En la formación en educación aún conservamos algo valiosísimo: grupos pequeños, docentes cercanos. Eso no pasa en todos los niveles educativos.
—¿Y para qué docente estamos formando? ¿Uno que cuestione el sistema o que se adapte a él?
—Siempre formamos con espíritu crítico. Ninguna política educativa ha eliminado eso. Pero lo crítico implica cuestionar lo instituido. Y ahí entramos en tensión con instituciones muy conservadoras, con matrices rígidas que muchas veces se reproducen más de lo que innovan.
—En relación con la inteligencia artificial, ¿cómo leer ese fenómeno? ¿Es la nueva “caja boba”?
—Otra vez aparece esa vieja dicotomía entre lo humano y lo técnico. Hoy se repiten los discursos apocalípticos y celebratorios. Pero los problemas siguen siendo humanos. El rol del docente no puede ser el del que distribuye conocimiento como si fuera una enciclopedia. Eso lo hace internet. El docente debe reconocer qué sabe el estudiante, acompañarlo, ofrecer herramientas conceptuales. El concepto de “nativo digital” nos hizo daño: asumimos que los jóvenes ya saben, y no siempre es así.
—¿Y qué pasa con la evaluación en este nuevo contexto?
—Ahí tenemos un punto crítico. Si seguimos pidiendo que el estudiante repita lo que leyó, se lo va a dar a una inteligencia artificial. Nos interpela a pensar nuevas formas de evaluar que sean genuinas y que no puedan resolverse en diez segundos.
—¿Cómo impacta en el aula la transformación de los espacios tradicionales como el dormitorio o el baño?
—El aula siempre fue un dispositivo extraño. Sólo existen aulas en las escuelas. Hoy esos límites están difusos: lo público y lo privado, lo íntimo y lo común. La cama puede ser un aula. Como antes lo era la calle. Hay que pensar desde esa transformación.
—¿No será tiempo, como cuando surgieron las escuelas al aire libre por la tuberculosis, de pensar en otros formatos?
—Sí, pero no se trata de copiar modelos. Las experiencias más genuinas son las que nacen desde las comunidades docentes. Lo importante es que estudiantes y docentes discutan juntos cómo se aprende mejor.
—¿Qué dicen los estudiantes sobre cómo habitan el aula?
—Muchas veces, los adultos construimos discursos sobre los jóvenes que no se ajustan a lo que viven. Sería interesante que esas conversaciones se den con ellos presentes. Hay estudiantes que piden más teoría, otros que reclaman conexión con la práctica. Hay una demanda concreta: vincular la formación con la realidad.
—¿Estamos corriendo demasiado?
—Sí, vivimos a la ligera. Y eso impide estudiar en profundidad. A veces tenemos una doble moral: exigimos cosas que como adultos no cumplimos. Y cuando hablamos de la educación, mostramos sólo los casos de éxito, el gurí que ganó la olimpiada. Pero hay muchos otros que también merecen reconocimiento.
—¿Cuál es el lugar de la comunidad en todo esto?
—Una escuela es un proyecto colectivo. No basta con entregar al hijo y desentenderse. Las instituciones deben mostrarse, no para venderse, sino para abrirse. La crítica tiene que convertirse en aporte. Porque si no construimos juntos, ¿qué sentido tiene?


























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