La Policía informó que la Justicia formalizó con prisión preventiva a dos “hombres” por el caso en el que murió un joven de 19 años en Nueva Helvecia. Sin embargo, ambos son policías y esa condición no aparece en la presentación del comunicado. Recién puede inferirse más adelante, cuando el propio texto menciona delitos como abuso de funciones y falsificación ideológica por funcionario público.
La elección de palabras no es un detalle menor. Decir “dos hombres” no es falso, pero tampoco ofrece la misma información que decir “dos policías”. En un caso, el hecho queda presentado como un asunto protagonizado por dos individuos. En el otro, aparece inmediatamente una dimensión institucional: las personas investigadas pertenecen a la misma organización que comunica la noticia.
El parte policial señala que uno de los formalizados, de 29 años, fue imputado por homicidio simple a título de dolo eventual, abuso de funciones y falsificación ideológica por funcionario público. El otro, de 49 años, fue formalizado como coautor por delitos de similar naturaleza. Para ambos se dispuso prisión preventiva durante 180 días.
Es precisamente esa descripción judicial la que vuelve llamativa la manera en que fueron presentados. La condición de funcionarios públicos aparece cuando se detallan los delitos, pero no cuando el comunicado identifica a los protagonistas.
La pregunta, entonces, no es si la Policía dijo algo falso. La pregunta es por qué un dato relevante para comprender el alcance del caso queda fuera de la primera definición de quienes fueron formalizados.
Nombrar también es construir una noticia
Todo comunicado oficial selecciona información. Decide qué dato encabeza el texto, qué antecedentes se incluyen, qué términos se utilizan y qué lugar ocupa cada elemento. Esa selección no implica necesariamente una voluntad de ocultamiento, pero sí construye una forma determinada de leer el acontecimiento.
Michel Foucault trabajó ampliamente sobre la relación entre discurso y poder, y una de sus ideas permite observar este caso desde otra perspectiva: las instituciones no solo intervienen sobre los hechos, también producen discursos sobre ellos. Cuando una institución comunica, establece categorías, jerarquías y formas de nombrar.
En este parte, “hombre” funciona como una categoría general. Identifica sexo y edad, pero elimina del primer plano la pertenencia institucional. Si la palabra elegida hubiera sido “policía”, el lector habría entendido desde el comienzo que el caso también tenía una dimensión interna para la propia fuerza.
¿Cuándo importa una profesión?
Un ejemplo permite verlo con mayor claridad.
Si un médico fuera formalizado por un hecho ocurrido durante una intervención médica, difícilmente su condición profesional pudiera considerarse un dato secundario. Decir solamente que “un hombre fue formalizado” sería cierto, pero dejaría afuera una información necesaria para entender el contexto del caso.
Lo mismo ocurriría si un juez fuera investigado por una actuación realizada en ejercicio de su cargo, si un funcionario aduanero fuera formalizado por hechos ocurridos durante un control de mercaderías o si un funcionario público enfrentara una imputación precisamente relacionada con el ejercicio de sus funciones.
En todos esos casos, la profesión o el cargo no serían un dato biográfico agregado para describir mejor a la persona. Formarían parte del hecho.
Eso es lo que vuelve relevante la elección realizada en este comunicado.
Los dos formalizados no son policías simplemente como podrían ser aficionados al fútbol, padres de familia o vecinos de determinada ciudad. Su condición funcional adquiere importancia porque el propio texto menciona delitos como abuso de funciones y falsificación ideológica por funcionario público.
Roland Barthes observó cómo determinadas formas del lenguaje adquieren tal apariencia de naturalidad que dejamos de percibirlas como elecciones. Algo parecido puede ocurrir aquí con la palabra “hombre”. Es correcta, neutral y habitual. Precisamente por eso pasa fácilmente inadvertida.
Pero neutralidad no significa necesariamente suficiencia informativa.
“Hombre de 29 años” proporciona determinados datos. “Policía de 29 años” agrega otro que modifica la comprensión del acontecimiento.
El hecho judicial no cambia. Lo que cambia es lo que el lector puede entender acerca de él.
Lo que el mismo comunicado termina revelando
El texto contiene además una tensión particular. La primera parte utiliza el lenguaje institucional de la Policía y habla de “hombres”. Luego, al reproducir la resolución judicial, aparecen conceptos como “abuso de funciones” y “funcionario público”.
Ese cruce entre discursos recuerda una de las ideas desarrolladas por Julia Kristeva: los textos dialogan con otros textos y contienen voces que no necesariamente son las de quien los escribe.
Aquí esas voces pueden distinguirse con bastante claridad.
La Policía redacta el comunicado y elige cómo presentar a las personas. La Justicia aporta la calificación jurídica de las conductas investigadas.
Es el segundo lenguaje el que termina introduciendo una dimensión que el primero no explicita.
El resultado es particular: el propio comunicado proporciona elementos para reconstruir una información que no presenta directamente.
Lo que podemos decir y lo que no
Nada de esto permite afirmar que haya existido una decisión deliberada de ocultar la condición policial de los formalizados.
No conocemos la intención de quien redactó el comunicado. Tampoco conocemos, a partir de este texto, los criterios internos utilizados por la Policía para identificar a sus funcionarios cuando aparecen involucrados en investigaciones judiciales.
Afirmar una intención requeriría otras evidencias.
Lo que sí puede analizarse es el resultado concreto de la elección lingüística: al utilizar “hombres” en lugar de “policías” o “funcionarios policiales”, el comunicado deja fuera de la presentación inicial una condición relevante para comprender el caso.
Y no es una interpretación sobre las intenciones de quien escribió. Es una característica observable del texto.
Un comunicado puede ser verdadero y decir menos
La discusión sobre la comunicación pública suele plantearse alrededor de una pregunta: ¿lo que se informa es verdadero?
Pero existe otra igualmente importante: ¿lo que se informa permite comprender suficientemente lo ocurrido?
Decir que fueron formalizados dos hombres es cierto. También es cierto que esos dos hombres son policías, que pertenecen a la institución que difundió la información y que entre los delitos imputados aparecen conductas relacionadas con el ejercicio de una función pública.
La diferencia entre una formulación y otra no está, por lo tanto, entre verdad y mentira. Está entre distintos niveles de información.
Ese es también el lugar en el que comienza el trabajo periodístico. Un parte policial es una fuente de información, pero no necesariamente una noticia terminada. Leerlo periodísticamente supone atender a lo que dice, contrastarlo y preguntarse también por la relevancia de aquello que no dice.
En este caso, la pregunta nace de una sola palabra.
¿Por qué dos funcionarios policiales formalizados en una causa que incluye delitos relacionados con la función pública son presentados por la propia Policía simplemente como “dos hombres”?
El comunicado no ofrece la respuesta.
Pero su propia construcción hace que la pregunta sea pertinente.

























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