Cuando la escribana terminó de leer el acta y la pluma firmó el traspaso, no hubo estridencia. No fue el estruendo de los cambios abruptos. Fue otra cosa: el inicio sereno de un nuevo capítulo en la historia política de Colonia. Guillermo Rodríguez Guaraglia asumió como Intendente y no necesitó subirse a ningún pedestal: le bastó con decir “gracias” a quienes más lo acompañaron.
Lo había dicho claro, frente al auditorio colmado: autoridades nacionales, ediles, vecinos, referentes institucionales, todos presentes. Pero su mirada se detuvo, por un instante, en otra parte. Y allí, con palabras sobrias pero firmes, dejó constancia de sus sentimientos más cercanos.
Fue una línea entre muchas, sí, pero que pesó más que otras. Una línea que no necesitó retórica. Porque no habló solo del cargo, ni del sillón, ni de los cinco años por delante. Habló del camino. Del trayecto que lo trajo hasta ese estrado.
La escena no lo mostró solo. Detrás del nuevo Intendente, había un tejido invisible de apoyos, de silencios compartidos, de decisiones acompañadas. En su discurso no hubo promesas vacías ni tonos inflamados. Pero sí hubo algo que, en política, no abunda: la noción clara de que el poder no se construye solo, y menos aún se sostiene sin los que están cerca cuando nadie aplaude.
Rodríguez tomó “el timón del departamento”, como él mismo lo definió, con una frase que evocó navegación, rumbo y desafío. Pero antes de hablar de descentralización, eficiencia, inversión o modernización —que también lo hizo—, se encargó de marcar su centro. Y ese centro, como pocas veces en la política, tenía nombre colectivo: familia, afectos, amigos.
Fue su forma de decir: “No llegué solo. Y no voy a gobernar solo.”


























Comentarios