La Catedral Nuestra Señora de las Mercedes fue el escenario elegido para cerrar las celebraciones del Bicentenario de la Declaratoria de la Independencia. No fue un gesto menor: el templo, erigido como uno de los símbolos más antiguos de la fe en la región, acogió en su nave principal la solemnidad de una eucaristía que reunió al obispo diocesano, Monseñor Luis Eduardo González, y a decenas de fieles que colmaron los bancos.
El aire, impregnado de incienso, acompañó las palabras del prelado, que recordó la “importancia de la Iglesia en nuestro país, con su activa presencia institucional ya desde los albores de la Patria”. Su voz, grave y pausada, no se dirigió únicamente a los católicos. Reivindicó un rol integrador, capaz de abrazar también a quienes se reconocen fuera de la fe. “Ser madre y protectora, de todos los habitantes de este país, siguiendo el mandato del Divino Salvador”, dijo, en un llamado que buscaba desbordar los límites de la religión. La homilía culminó con una súplica: que la Virgen de los Treinta y Tres, patrona del Uruguay, cubriera con su manto a los habitantes de esta tierra.
Pero las paredes centenarias de la Catedral no fueron testigo solo de la liturgia. Esa misma tarde, cuando el sol comenzaba a ceder sobre la plaza, las puertas volvieron a abrirse para dar lugar a otro homenaje: un encuentro cultural titulado Orientales: canto y galope de libertad. En el escenario improvisado se reunieron voces, guitarras, danzas y memorias, en una fusión que conjugó la solemnidad con la celebración popular.
El coro Vox Unita, integrado por coreutas de distintos conjuntos locales, compartió espacio con los actores del elenco Enrique Guarnero, quienes pusieron cuerpo y palabra a fragmentos de la historia. A su lado, el Conjunto de Guitarras de la Intendencia de Soriano, el grupo folclórico 33 Orientales y el cuerpo de danzas de JUPAVIME completaron la trama sonora y visual que recorrió la memoria colectiva.
Los asistentes —fieles, vecinos, curiosos— llenaron cada rincón. Algunos permanecieron en pie, otros se asomaron desde el atrio. El murmullo inicial se transformó pronto en un silencio expectante, y luego en aplauso sostenido. Como si en esas horas, bajo la bóveda alta de la Catedral, se hubieran encontrado dos dimensiones del mismo país: la espiritual y la cultural, ambas convocadas a rendir homenaje a los doscientos años de la independencia.
El día concluyó con esa doble escena, religiosa y artística, como un espejo de la nación que, desde hace dos siglos, busca en sus ritos —ya sea en la fe o en el canto— la manera de narrarse a sí misma.



























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